Retrato de un Natales que ya no existe
No hay nada como el recuerdo del pan recién horneado y esa mantequilla casera deslizándose por la miga caliente. Eran tiempos de sabores auténticos: los chorizos que preparaba el viejo Cerón y la leche fresquita que comprábamos en la puerta, directo de esa camioneta Pony que recorría las calles.
En ese Natales que ya se nos fue, el mar llegaba hasta la vereda. Las centollas, los pescados y los mariscos se vendían en carritos de madera, y todavía se veía a aquel señor que ofrecía mariscos por lata, avanzando al ritmo de su carro tirado por un caballo.
Mientras tanto, en casa la vida seguía su curso. Los viejos se concentraban en el truco —donde se jugaba fuerte, porque el premio era una cabeza de vaca—, mientras las mujeres preparaban el queso de pata para la cena. Y para refrescar la tarde, una buena borgoña con esas frutillas silvestres que los cabros bajaban del cerro Dorotea.
Eran postales de un pueblo que hoy parece de leyenda, pero que todavía se siente en el paladar.
Como consuelo, el otro día “nos mandamos” un curanto en hoyo en el patio y fue una experiencia de otro nivel.
Hicimos todo el rito: el pozo, las piedras calientes y esas capas infinitas de comida selladas con hojas de nalca y pasto. Mientras todo se cocinaba al vapor ahí abajo, nos quedamos relajados bajo el sol escuchando a los Guns N’ Roses.
Entre los acordes de November Rain y la expectativa de abrir el hoyo, las dos horas de espera se pasaron volando.
