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Magallanes y el reto global del cambio climático: Reflexiones desde el fin del mundo [Por Marcelo Agüero Faridoni]

Entre la mirada miope y la oportunidad de ser parte de la solución

La expresión “cuando los árboles no dejan ver el bosque” adquiere una vigencia inquietante en la era actual, donde la tendencia al individualismo y la mezquindad parece permear todos los niveles de la vida social, política y comunitaria. La visión analítica, antaño sustentada en la búsqueda de una verdad única y absoluta, se ha ido diluyendo, desplazada por perspectivas distorsionadas y un altruismo muchas veces vacío. En las últimas décadas, el actuar colectivo se ha tornado más deshumanizado, incluso en los rincones más remotos del planeta.

Desde este extremo sur del continente, Magallanes no está exento de la corriente planetaria que representa la globalización. Hoy nadie duda de la realidad de la globalización en los ámbitos económico, tecnológico y social. Todo se encuentra interconectado, y el impacto de un hecho en cualquier parte del mundo se propaga a una velocidad inédita, trascendiendo fronteras y generaciones. Este fenómeno no es ajeno a quienes habitamos esta región apartada y despoblada.

La responsabilidad de transformar el paradigma actual recae en la humanidad misma, que debe reenfocar su mirada en el bienestar colectivo. Tal vez el mayor desafío común sea el cambio climático, cuya huella en la era del antropoceno es tan profunda que sólo la humanidad globalizada puede revertirla. El Acuerdo de Kioto y el Acuerdo de París han sido cimientos esenciales para el diseño de estrategias y compromisos globales, con el objetivo consensuado de reducir las emisiones de CO2. Sin embargo, la naturaleza humana sigue interponiendo obstáculos, en ocasiones adjudicando responsabilidades de forma parcial y conveniente.

Por un lado, se señala al “Norte Global”—las naciones industrializadas con grandes concentraciones de población, poder económico y desarrollo tecnológico—como los principales responsables de la crisis ambiental. Son sociedades antiguas, generadoras tanto de horrores históricos como de los avances que han elevado la calidad de vida global. Por otro lado, el “Sur Global”, compuesto por países en vías de desarrollo, sostiene a ese norte mediante el suministro de recursos, perpetuando una relación de aparente dependencia y desigualdad.

Pero si en vez de enredarnos entre los troncos del bosque, subiéramos hasta la copa de los árboles, podríamos visualizar con mayor claridad el horizonte y los caminos para la humanidad y sus futuras generaciones. Conceptos como “justicia ambiental” o “transición energética justa” han surgido al abrigo de los acuerdos internacionales, pero deben analizarse a la luz de las realidades locales.

En Magallanes, las soluciones propuestas para la reducción de CO2 pasan por la disminución de emisiones y el cambio a energías renovables. El compromiso del Norte Global con este cambio de matriz energética responde no sólo a una lógica económica, sino a una necesidad imperante para albergar a la mayor parte de la población mundial. Las discusiones sobre la viabilidad tecnológica y la “verdadera” sustentabilidad demuestran que no existen soluciones simples para problemas complejos y globales, aunque sus impactos lleguen también a territorios tan lejanos y poco poblados como Magallanes.

La mirada local suele adoptar posiciones cortoplacistas, preocupándose por beneficios inmediatos y tangibles. Algunos discursos insisten en catalogar a Magallanes como zona de sacrificio, explotada para el beneficio del Norte Global, pero poco se debate sobre las oportunidades de participación real en la solución global, ni sobre cómo aprovechar la transferencia tecnológica y las sinergias que estas iniciativas podrían aportar.

La clave está en entender que los acuerdos internacionales no son dádivas ni imposiciones, sino compromisos y trabajos colaborativos en pos de una comunidad global más justa y resiliente. Si bien el Sur Global aporta recursos, también es cierto que los recibe en forma de tecnología y apoyo para el desarrollo de actividades asociadas a la nueva matriz energética.

La proporcionalidad de los impactos debe ser considerada. No es lo mismo implementar estos cambios en una comunidad de millones de habitantes que en una región de apenas 166 mil personas dispersas en 132 mil kilómetros cuadrados. En este contexto, los posibles proyectos de energías renovables que ocuparían 1.880 km²—tan solo el 0.014% de la extensión territorial de Magallanes—parecen, en términos relativos, escasamente invasivos.

La historia industrial de la región, marcada por la actividad petrolera y gasífera de ENAP en las décadas de los 60 y 70, dejó pasivos ambientales mucho más relevantes que los que se prevén con los nuevos proyectos. Sin embargo, pocas voces reclaman por ese pasado, y los actuales debates se centran más en el temor que en la oportunidad.

Hoy, la información disponible sobre los ecosistemas regionales es limitada, producto de la vastedad y dificultad del territorio. Sin embargo, las nuevas líneas de base aportadas por los estudios de impacto ambiental son un avance fundamental para la toma de decisiones informadas. Es fundamental que las comunidades se informen y participen en el diálogo, evitando opiniones infundadas y privilegiando el aporte de quienes realmente conocen la región y sus desafíos.

Volviendo al bosque y su densidad, Magallanes puede y debe tener un papel relevante en el desafío climático global. Los términos Norte y Sur Global no deben ser vistos como etiquetas de opresores y oprimidos, sino como puntos de partida para la colaboración y la construcción de un futuro compartido. El Norte Global requiere recursos y el Sur Global debe aprender a gestionarlos responsablemente.

La verdadera tarea ahora es que actores sociales, políticos y comunitarios comprendan el lugar que ocupa Magallanes en esta cruzada global, y que asuman el reto de ser parte activa de la solución, contribuyendo al cumplimiento de los compromisos adquiridos y aprovechando las oportunidades para el desarrollo local y regional.

Sólo así, superando la miopía de lo inmediato y reconociendo la complejidad del bosque, podremos contribuir realmente a un futuro más justo y sostenible para toda la humanidad.