El gas no es un privilegio: Es una frontera [Por Mauricio Vidal Guerra]
Hay decisiones que en Santiago parecen técnicas, incluso inevitables. Ajustes, recortes, eficiencia fiscal. Palabras limpias, casi asépticas. De las que estamos acostumbrados como magallánicos, de esas que nos repiten una y otra vez, incluso muchas veces con amenazas e intentos estériles, que se han terminado estrellando en la unidad regional. Pero cuando esas mismas decisiones cruzan el mapa y aterrizan en esta tierra, dejan de ser números y se transforman en otra cosa: En frío, en incertidumbre, en memoria.
Porque aquí, el gas no es un beneficio más dentro de una planilla Excel. No señores. Es la base de la vida cotidiana. Es calefacción, es cocina, es agua caliente. Es, en rigor, una condición mínima de habitabilidad en uno de los territorios más extremos del país. Y este tema pareciera que solo lo entendemos por estos lares.
Por eso, cada vez que se instala aunque sea como una “posibilidad” la idea de recortar o terminar el subsidio al gas, lo que se activa no es solo un debate económico. Se activa una herida histórica. Se encienden alarmas que nos llevan a días tensos y de enfrentamientos casi de dos maneras distintas de pensar y ver la vida.
La memoria es corta en la política, pero larga en los territorios. Y Magallanes ya vivió lo que significa que desde el centro se intente redefinir el costo de vivir en el sur. La respuesta no fue técnica ni dialogada. Fue social, transversal y contundente. La región se detuvo. No por ideología, sino por supervivencia.
Hoy el contexto es distinto, pero la señal es inquietantemente similar. Un gobierno que anuncia recortes, un clima de ajuste, y en paralelo, advertencias que todavía son en voz baja, sobre posibles afectaciones a un subsidio que, más que una ayuda, funciona como un mecanismo de equilibrio territorial.
Porque esa es la discusión de fondo que muchas veces se evita: ¿Es el subsidio al gas un gasto que hay que reducir, o una herramienta de equidad que hay que proteger?
Nunca olvidaremos al famoso ministro de Energía, Ricardo Raineri, en aquel lejano mes de enero de 2011. Parado en La Moneda, frente a los micrófonos de los medios ahí apostados, enviando ese funesto mensaje que viajaría a la velocidad de la luz, para encender las rabias que se multiplicaron por miles: “A los magallánicos se les acabó la fiesta…”.
La lógica centralista suele mirar este tipo de políticas como distorsiones del mercado. Pero esa mirada ignora algo esencial: En Magallanes no existe igualdad de condiciones de base. Aquí no hay alternativas energéticas masivas, accesibles ni equivalentes. Aquí el clima no da tregua. Aquí vivir cuesta más, estructuralmente más.
Eliminar o reducir el subsidio no sería “ordenar las cuentas”. Sería trasladar el peso del ajuste directamente a los hogares. Y no de manera marginal, sino en uno de los gastos más sensibles del presupuesto familiar.
Se podrá argumentar que el Estado no puede sostener todo, que hay que priorizar, que el escenario económico obliga. Todo eso puede ser cierto. Pero también es cierto que no todos los territorios parten desde el mismo punto, ni enfrentan las mismas condiciones.
Por eso, el riesgo no es solo económico. Es político y social. Y eso no se puede ni debe olvidar.
Cuando una comunidad siente que se le está quitando algo que considera esencial la reacción no pasa por cálculos técnicos. Pasa por identidad, por dignidad, por la percepción de abandono. Y ahí es donde la historia deja de ser pasado y se convierte en advertencia.
Magallanes no suele estar en el centro de las decisiones, pero sí sabe ponerse en el centro cuando siente que se le empuja al límite. Ya ocurrió antes. No como un capricho, sino como una señal clara: Hay líneas que no se cruzan sin costo.
Hoy no hay anuncios oficiales de eliminación. Pero hay algo que en política pesa casi lo mismo: La duda.
Y cuando la duda se instala sobre un tema tan sensible como el gas, lo responsable no es minimizarla. Es entenderla. Porque en esta región, el gas no es una “fiesta”, es una necesidad estructural. Y tratarlo como lo primero, en vez de lo segundo, es no haber entendido nada.
El verdadero desafío es reconocer sin tapujos ni tecnicismos las diferencias territoriales y actuar en consecuencia. Porque en Magallanes, esa diferencia no es teórica. Se siente en cada invierno.
Y aquí, el invierno no espera
Por Mauricio Vidal Guerra, periodista, director ZonaZero.cl
