Evolucionemos (Por Claudio Andrade)
Otros tiempos. Habrá que ver si estamos efectivamente en presencia de una nueva era en Chile, pero las expectativas son grandes.
Magallanes, que ha sido casi una obsesión para el imaginario del aventurero, siempre aspiró a ser también un punto nuclear de la economía chilena. Su historia lo avala. La visión de próceres como Bernardo O’Higgins lo subrayó en el pergamino de la historia.
En este siglo XXI, la avalancha de especulaciones que representó el hidrógeno verde parece haber acabado temporalmente con aquellos sueños de un merecido centralismo, pero desde los márgenes. Ser fuertes, pero en la esquina del mapa. ¿Por qué no?
La región posee todos esos ingredientes que hicieron ricas a las naciones del norte de Europa. No obstante, vivimos en Latinoamérica, y su cultura, y su retraso en áreas sociales y económicas, también es un peaje que el continente nos impone.
Nos falta mucho y, sin embargo, tenemos mucho. Poseemos recursos que otros envidiarían.
Pasando lista, solo la salmonicultura y la pesca en todo su orden entregan cerca de USD 1000 millones a la región. Y no hemos hablado del campo, que alguna vez marcó el rumbo de Magallanes. También tenemos turismo, claro. Una industria que pudo levantar sus propios proyectos en nuestro extremo sur contra viento y marea y, hasta cierto punto, amparada en las fantasías literarias que alimentan sus duras condiciones. Gente como Bruce Chatwin o Francisco Coloane sabían bastante de esto de “construir” un imaginario.
No es un hecho menor que tanto el turismo como la salmonicultura sean sectores, como suele decirse, pagados de sí mismos. Es decir, que no dependen de ninguna poderosa mano amiga para seguir adelante.
Sin embargo, su expansión tiene alternativas o instancias donde el Estado juega su papel o, al menos, lo hace su estructura. La acuicultura espera desde hace años que se destraben las solicitudes de concesiones en Magallanes. Un aumento productivo que podría retribuir a la región en mayores ingresos de exportación, empleo e inversiones. Hasta ahora, en apenas 2000 hectáreas lo ha hecho muy bien: más de 7000 empleos, más de USD 600 millones en exportaciones. Hay que repetirlo porque no son números menores y representan un gran esfuerzo comunitario.
Pensemos qué sucedería si en lugar de 250 mil turistas tuvieramos 500 mil, un número más cercano al que exhibe El Calafate, en la Argentina.
En este nuevo tiempo, la región necesita autoridades que estén a favor de la evolución —sí, la evolución— de Magallanes y no de su completo retroceso a tiempos inmemoriales.
De modo irresponsable y escasamente profesional, el pasado gobierno firmó compromisos ambientales que limitan gravemente la soberanía de Chile sobre su territorio.
Ocultos bajo disfraces y propuestas “buenoides” es que se certifican compromisos vinculados a la preservación de la naturaleza, pero que esconden el firme propósito de que el país no tenga la capacidad judicial de ejercer un rol sobre su propia geografía.
Por caso, antes de salir, el gobierno de Gabriel Boric, a través del Consejo de Ministros, aprobó la Estrategia Nacional de Biodiversidad 2025-2030 y su Plan de Acción. Una estrategia que, por cierto, pasa por encima de las decisiones de la gente que paga impuestos.
Con estos protocolos, presuntamente “protegemos” al país de posibles incendios (aunque ya existen políticas instauradas en este sentido que son loables y necesarias) o bien “protegemos” a la región –al fundar nuevos parques– hasta convertirla en una burbuja, más allá de que existen los espacios férramente protegidos.
Pues bien, utilizando estas lógicas con mirada de foco, de túnel, es que los chilenos perdemos en nuestro país en manos de ONG extranjeras que tienen sus agendas personalizadas.
Cuando se legisla de manera radical y militante, las consecuencias están a la orden del día.
La mirada que la región necesita no es la contraria, sino una que esboce nuevas posibilidades. Una que no le cierre la puerta a nada y que no le tema al cambio y al progreso. Una que abra puertas más que cerrarlas, como viene sucediendo.
