Por amor al fútbol
Todos los futboleros crecimos con un ídolo al que queríamos imitarlo cuando jugábamos a la pelota. En mi tiempo, por ejemplo, Matías Fernández era ese jugador que te despertaba el interés por mirar y sobre todo jugar al fútbol. Pensando, en esa crédula inocencia infantil, que uno era como él. El 14 de los blancos me hacía creer que estaba en un estadio repleto pasándome a rivales con facilidad cuando en realidad yo estaba soñando en el patio de mi casa y no le hacia un gol ni al arcoíris.
Eso, te lo dan pocos. Hoy, en un futbol diferente al que se habituaba a jugar antes, quizás algo mas robótico y excesivamente físico, los distintos no desaparecieron pero son menos. No descubro nada al decir que desde ya hace tiempo el dinero es el que mueve los hilos de la redonda, lo cual ha reducido la calidad del juego por sobreponer la cantidad del producto. Lo que interesa es que se juegue el mayor número de partidos posibles, con la máxima cantidad de equipos y sin importar si es o no por méritos. Un claro ejemplo de ello, es el Mundial de este año que se disputará en Junio con 48 selecciones, varias de ellas que estarán más de paseo que a otra cosa.
Otro factor que siento que ha modificado esto es cuando uno ve la intervención de algunos entrenadores de inferiores en los niños y jóvenes próximos a ser profesionales, donde los ejercicios que proponen e incluso los partidos son a “dos toques” máximo. Primando jugar como el Barcelona de Guardiola, jugar “lindo”, pero cuánto se deja de lado a ese distinto que posee el privilegiado talento de ser bueno para la pelota…Es un tema para otra columna, pero lo traigo a colación porque hoy, esos distintos que vemos tan poco, siguen estando y algunos de ellos más vigentes que nunca a pesar de ser considerados “viejos”.
No me refiero en este caso de los número 10, como Riquelme en su tiempo, Pablo Aimar, Mago Valdivia o el Pibe Valderrama, sino que quiero hacer énfasis a uno que no es precisamente el más habilidoso, o el que hace más goles, ni tampoco es el más distinto de los distintos. Sino uno que tiene el mapa de la cancha marcado en su cabeza. Hablo del croata Luka Modrić, un mediocampista excepcional, de bajo perfil y que, a sus 40 años, es el capitán del Milan y de su selección.
Pareciera ayer cuando llevó a su tierra natal a la final de un mundial por primera vez en la historia. Pareciera ayer cuando dejó afuera a la Brasil de Neymar en Qatar jugando 120 minutos como si fuera un trote a la vuelta de la manzana. Pareciera ayer cuando levantó 6 Champions y 4 ligas con el Real Madrid. Hoy, el croata es el motorcito del AC Milan en la Serie A de Italia, que le pelea mano a mano el Scudetto al Inter.
“Sé por experiencia que las mejores cosas de la vida nunca caen del cielo”. Esa fue su reflexión en una vieja entrevista. La vida de Luka se define con esa frase. Y es que los primeros años fueron difíciles. Creció en la guerra de los Balcanes, pateando una pelota contra las paredes mientras misiles y cohetes pasaban sobre su cabeza. Vivía con su familia en Zadar, Croacia, su ciudad natal. Allí pasó su infancia ayudando en las cosecha de las tierras y al rebaño de ovejas a su abuelo, con quien compartía un fuerte lazo. Cuando tenía 6, su vida cambió por completo. Su abuelo fue baleado por unos militares serbios cuando se apoderaron de la zona y la autoproclamaron como serbia. La tensión en la vieja Yugoslavia llegaba a su clímax. Los Modrić pasaron a ser refugiados en un contexto bélico donde murieron 130.000 personas. Su niñez y adolescencia estuvieron marcadas por una guerra que, quizás, solo el futbol le permitió al croata sobrellevarla con fortaleza. A pesar de todo, el joven Luka dio sus primeros pasos en el club de su ciudad, el NK Zadar, y a los 16 años llegó a las inferiores del Dinamo Zagreb, el club más importante de Croacia. El resto es historia sabida.
Nunca fue el más fuerte, el más alto, ni el más asistidor y ni mucho menos un goleador. Modrić es de esos volantes que combinan técnica notable, lectura de juego y una toma de decisiones que marcan la diferencia en un partido y le dan el equilibrio necesario a un equipo. El croata no es sólo eso: es liderazgo, inteligencia y una sangre altiva estampada de guerra, que combinada con una especie de sabia humildad de aquel que vio lo más duro de la vida, se hace respetar en todas las canchas y ante cualquier rival. Y por sobre todo, es el disfrute que tiene cada vez que pisa el verde césped.
“Empecé a jugar al fútbol por amor. Así es como veo el fútbol. Nunca pensé que tendría lo que tengo hoy. Solo quería jugar, disfrutar, ser feliz. Eso me llena, por eso sigo queriendo jugar a este nivel. Podría haber ido a otras ligas, ligas más fáciles, pero allí no hay esa sensación, no hay ambiente, no es lo que estoy viviendo ahora en Milán. Eso me llena. Quizás por eso sigo en este nivel, por ese amor y pasión que tengo por el fútbol.” Son las palabras de uno que vivió en lo más bajo y que llegó a lo más alto, que perdió a su corta edad quizás a su ser más querido, pero que se aferró con uñas y dientes a algo más que una profesión, a algo que ni la muerte más dolorosa pudieron quitarle: al placer de jugar al fútbol. Y eso, para Luka, vale mucho más que cualquier cheque de un millón de dólares.
Por Felipe Vidal Rodríguez
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