Zona Franca: Cuando el relato institucional se aleja de la realidad magallánica [Por Mauricio Vidal Guerra]
En los últimos días se ha difundido un texto que intenta presentar el modelo actual de administración de la Zona Franca de Punta Arenas como un ejemplo de modernización institucional, transparencia y eficiencia económica. El problema no es que se abra un debate sobre el futuro de este instrumento clave para Magallanes (ese debate es necesario), sino que se pretenda instalar una narrativa que omite aspectos fundamentales de la realidad regional y que, en la práctica, termina defendiendo un modelo que ha ido desvirtuando la esencia misma para la cual fue creada la Zona Franca.
Conviene recordar algo básico: La Zona Franca no nació para convertirse en un gran centro comercial periférico administrado bajo lógica corporativa. Su origen está en la necesidad de compensar las desventajas estructurales de vivir en una región extrema, aislada del resto del país y con altos costos de vida. Fue concebida como una herramienta de desarrollo regional, no como un enclave comercial que concentre actividad económica en un punto específico de la ciudad.
Sin embargo, con el paso de los años y especialmente bajo el actual esquema de concesión, ese propósito parece haberse ido diluyendo.
El relato oficial insiste en que la separación entre administración y actividad comercial elevó los estándares de gestión y fortaleció la competencia. Pero en la práctica, lo que muchos actores locales han observado es otra cosa: Una concentración progresiva del comercio en el recinto franco que ha debilitado el tejido comercial del centro de Punta Arenas y de otros sectores de la ciudad.
Basta caminar por el casco histórico para advertir el fenómeno. Locales cerrados, menor dinamismo comercial y una actividad que cada vez se desplaza más hacia el recinto franco. Difícilmente ese resultado puede considerarse una política equilibrada de desarrollo urbano y económico.
La paradoja es evidente, un instrumento creado para fortalecer la economía regional termina afectando al comercio tradicional que por décadas dio vida al centro de la ciudad.
Pero el problema no se limita al modelo económico. También se manifiesta en la forma en que la administración de la Zona Franca se relaciona con el debate público.
En lugar de promover una conversación abierta con todos los actores regionales (comerciantes, gremios, medios de comunicación y ciudadanía), se ha instalado una dinámica comunicacional selectiva. La información y los análisis suelen canalizarse hacia determinados medios que replican sin mayor cuestionamiento la línea discursiva institucional, mientras que otros espacios críticos simplemente quedan fuera del circuito informativo.
Ese comportamiento no solo empobrece el debate, si no que además instala una forma de discriminación informativa a nivel local que termina debilitando la deliberación pública.
Cuando un instrumento de desarrollo regional evita el escrutinio amplio y privilegia vocerías alineadas, lo que queda en evidencia no es fortaleza institucional, sino una preocupante falta de voluntad para escuchar todas las miradas. Siempre se debe recordar (sobretodo la administración) que la Zona Franca es de todos los magallánicos, no de algunos solamente. Y esa pobreza en estrategia comunicacional más se ve como un disparo en los pies que como creatividad e inteligencia en marketing.
A esto se suma otro elemento que no puede pasar inadvertido. Buena parte del relato que intenta validar el modelo actual se articula también a través de medios de comunicación de Santiago, donde la discusión se presenta en clave técnica o institucional, pero sin considerar la experiencia cotidiana de la región. El análisis de un medio capitalino sobre la realidad del recinto franco es acotada a lo que le pidieron escribir, y no tiene prácticamente ningún vínculo con lo local, menos un conocimiento de lo que significa la Zona Franca para la historia magallánica.
El resultado es una visión inevitablemente sesgada: Un análisis distante, con escasa autocrítica y con una notoria desconexión respecto de la identidad y las dinámicas locales de Magallanes.
Las regiones extremas conocen bien este fenómeno. Desde el centro del país se elaboran diagnósticos que hablan de eficiencia, gobernanza y estándares modernos, mientras en el territorio se perciben impactos muy distintos.
La Zona Franca es parte de la historia magallánica, sin duda. También es un espacio comercial valorado por la comunidad. Pero una cosa no excluye la otra: su funcionamiento actual puede y debe ser discutido con mayor profundidad.
Porque si el instrumento comienza a concentrar actividad económica en detrimento del comercio urbano, si su administración privilegia ciertos canales de comunicación por sobre otros y si el debate se instala desde miradas externas sin arraigo territorial, entonces es legítimo preguntarse si el modelo realmente está cumpliendo con su propósito original.
En Magallanes el desarrollo regional nunca ha sido una ecuación simple. Requiere equilibrio, escucha y una mirada genuinamente local.
Por eso la discusión sobre el futuro de la Zona Franca no puede limitarse a cifras de ventas o a indicadores de flujo de visitantes. Debe incorporar también el impacto urbano, la diversidad del comercio regional y la calidad del debate público.
De lo contrario, cualquier interpretación, por muy bien redactada que parezca, seguirá siendo incompleta.
Y en un territorio con identidad fuerte como Magallanes, las interpretaciones incompletas suelen terminar chocando con la realidad.
Redacción ZonaZero.cl
