Skip links

Entre listas falsas y cenas apuradas: La ansiedad por ser autoridad [Por Mauricio Vidal Guerra]

Por estos días, mientras el país se prepara para el cambio de mando del 11 de marzo y la asunción de José Antonio Kast, en Magallanes no solo se habla de nombres: Se habla de formas. Y las formas han sido, por decirlo suave, poco dignas.

La carrera por llegar a una secretaría regional ministerial, o incluso a alguna delegación, ha dejado escenas que retratan lo peor de la política chica: Autopostulaciones sin pudor, listas falsas que circulan por WhatsApp y redes sociales, “minutas” que misteriosamente llegan a medios de comunicación con nóminas donde, casualmente, aparecen los mismos que las enviaron. Una mezcla de ansiedad, amateurismo y desesperación que no le hace bien a nadie.

No se trata de cuestionar la legítima aspiración de ocupar un cargo público. La política también es vocación y proyecto personal. El problema es cuando esa aspiración se transforma en espectáculo. Cuando el “yo podría” deriva en “yo me puse”, y cuando el rumor se fabrica para presionar decisiones que, en teoría, deberían responder a criterios técnicos y políticos más amplios que el ego de turno.

En la derecha local (como en cualquier sector cuando se aproxima al poder) han aflorado tensiones internas que no sorprenden, pero sí decepcionan. Peleas soterradas, vetos cruzados, “amurramientos” infantiles por no aparecer en una lista, recriminaciones públicas disfrazadas de “opinión política”. Un cuadro que más parece centro de alumnos que antesala de gobierno.

La falta de elenco es un problema transversal. Le ocurre a la derecha, le ocurrió a la izquierda y le ocurrirá a cualquier coalición que llegue a La Moneda. No sobran cuadros con experiencia, conocimiento técnico, gestión territorial y, sobre todo, calle. Mucha calle. Porque ser seremi en Magallanes no es solo firmar resoluciones. Es enfrentar temporales políticos y climáticos, entender la ruralidad profunda, escuchar a gremios, juntas de vecinos, pescadores, estancieros, profesores y funcionarios públicos que conocen el territorio mejor que cualquier planilla Excel.

Lo que se ha visto en estos días, sin embargo, es otra cosa: Cenas y brindis con tintos en mano que pretenden demostrar influencias; llamadas y mensajes que buscan instalar nombres; tráfico menor de favores que, más que mostrar poder real, exhibe ansiedad. Se confunde movimiento con liderazgo, ruido con respaldo, y cercanía circunstancial con mérito.

Y cuando no resulta, vienen los “amurramientos”. El enojo público, el comentario ácido, la filtración interesada. Infantilismo político en estado puro. Como si gobernar una región extrema fuera un premio de consuelo o un botín que repartir.

La designación de seremis debería ser un acto de responsabilidad. Son cargos de confianza presidencial, sí, pero también de altísima exigencia técnica y política. Deberían primar la trayectoria, la capacidad de gestión, la empatía social y la solvencia profesional. No el volumen de los mensajes enviados ni la cantidad de fotos en cenas estratégicas.

Magallanes necesita autoridades que sepan dónde están paradas. Que entiendan que gobernar en el fin del mundo no es posar para la foto, sino asumir costos, dialogar con adversarios, soportar presión y tomar decisiones complejas. Personas con orgullo propio, no con urgencia por figurar.

Quizás la lección de estos días sea incómoda pero necesaria: Cuando la ansiedad se impone sobre la seriedad, el problema no es solo quién llega o no a una seremía. El problema es la calidad de la política que estamos dispuestos a tolerar.

Y en eso, la vara debería estar mucho más alta.

Mauricio Vidal Guerra, periodista, director ZonaZero.cl