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Isla Magdalena: Una postal que esconde un colapso silencioso y hace peligrar la población de pingüinos

Las imágenes que circulan por redes sociales muestran un paraíso. Miles de pingüinos caminando entre turistas sonrientes, paisajes prístinos, y una experiencia “única en el mundo” a pocas horas de Punta Arenas. Isla Magdalena se ha consolidado como uno de los íconos turísticos de la Patagonia chilena. Sin embargo, detrás de esa postal, amplificada por operadores turísticos, influencers y campañas institucionales, se esconde una realidad incómoda y prácticamente ausente del relato oficial. Y es que la colonia de pingüinos de Magallanes está colapsando.

La alerta no proviene de un escritorio ni de un informe burocrático, sino del terreno. En un reportaje del medio digital El Mostrador, Cristóbal Sepúlveda, guía del Monumento Natural Los Pingüinos, decidió poner cifras y experiencia directa sobre la mesa frente a una promoción turística que, según advierte, se construye sobre datos desactualizados y una omisión grave: La población de pingüinos se ha desplomado en más de un 85% en la última década.

Los números son elocuentes. A comienzos de los años 2000, Isla Magdalena albergaba cerca de 59 mil parejas reproductivas. En 2008–2009 se alcanzó el máximo, con 63 mil parejas. Diez años después, el número había caído a 43 mil. Para 2022, un informe de clasificación de especies hablaba de 15 mil parejas. Y desde 2024, los propios guardaparques de Conaf reconocen que la colonia se ha reducido a unas 6 mil parejas reproductivas.

Este colapso demográfico no se refleja en las páginas oficiales ni en la publicidad turística, que continúa vendiendo la idea de una colonia abundante y estable. La desinformación es muy preocupante, ya que mientras se difunden imágenes de abundancia, no se adoptan medidas de emergencia para proteger a una población en declive acelerado. Más grave aún, la falta de estudios actualizados (los últimos datan de 2019) impide identificar con precisión las causas y diseñar políticas de conservación eficaces.

La historia reciente de Magallanes demuestra que este escenario no es una exageración. La colonia de pingüinos del Seno Otway, durante décadas la más accesible para los magallánicos, desapareció por completo. En los años noventa tenía más de 1.400 parejas; en 2007 superó las 2.200; en 2014 quedaban apenas 250. Entre 2019 y 2022, ya no quedaba ninguno. Nuevamente, nadie actuó a tiempo.

Hoy, Isla Magdalena parece repetir esa lógica, aunque bajo un escenario distinto. Hay una presión turística diaria y masiva, concentrada justamente en la época reproductiva. Entre septiembre y marzo, los pingüinos deben atravesar senderos saturados por hasta 500 visitantes diarios. La distancia mínima de observación es de apenas dos metros, muy por debajo de los 50 metros recomendados por Subpesca y de los cinco metros exigidos incluso en la Antártica.

El resultado es estrés. Pingüinos que huyen de los humanos. Otros que atacan cuando se sienten invadidos. Parejas que interrumpen su comportamiento reproductivo en el momento más crítico del año. Y aunque algunos estudios sugieren que la presencia humana puede ahuyentar depredadores, esa posible ventaja no compensa la exposición constante y sin control sobre una colonia ya debilitada.

La respuesta parece estar también en tierra firme. Cuando un lugar deja de ser seguro para reproducirse, los pingüinos se van. Hoy están colonizando islas más remotas y menos accesibles —Tucker, Cayetano o Carlos III, al sur del Estrecho de Magallanes— lejos del contacto humano.

La paradoja es cruel. Isla Magdalena se vende como vitrina de conservación, pero en la práctica funciona como un parque de contacto directo con una especie en crisis. La promoción turística masiva ha terminado ocultando el problema en lugar de enfrentarlo.

Cristóbal Sepúlveda sostiene que la salida existe. Limitar el número de visitantes diarios, reducir el tamaño del sendero, aumentar las distancias de observación, crear miradores elevados y transformar la experiencia en una observación responsable, no en una invasión del hábitat. El modelo ya funciona, por ejemplo en la Reserva Natural Pingüino Rey en Tierra del Fuego, donde con reglas estrictas la población pasó de ocho individuos a más de 200 en una década.

Isla Magdalena aún puede salvarse. Pero solo si se deja de vender una postal y se empieza a mirar la realidad. Porque cuando una colonia que ha sobrevivido quinientos años comienza a desaparecer en una década, no es la naturaleza la que está fallando.

Redacción ZonaZero.cl