El hidrógeno se pinchó, pero la salmonicultura continúa su marcha histórica
La caída de los tan anunciados megaproyectos de hidrógeno verde en Magallanes (y en otras regiones del planeta) debería dejarnos algunas lecciones sobre la mesa.
No es un secreto para nadie que el hidrógeno se convirtió en una bandera para el gobierno de Gabriel Boric, quien apostaba sus fichas a que esta industria se transformaría en una nave insignia para Magallanes, por encima del turismo, el petróleo y, en especial, de la salmonicultura. El gobernador Jorge Flies compartía la misma idea. O al menos lo aparentaba para no contradecir al mandatario ahora saliente.
Cuando en 2022 se reconstituyó la Corporación para el Desarrollo de Magallanes, el gobernador no incluyó desde un primer momento a la actividad salmonicultora, a pesar de que representa exportaciones por USD 650 millones, entrega empleo a más de 7000 personas y significa casi el 8 % del PIB de la región.
Los prejuicios fueron encubiertos mediante explicaciones técnicas acerca de plazos futuros (ya los llamaremos «fue más o menos» la consigna), que no alcanzaron para cubrir el desaire.
Por entonces, el hidrógeno verde se mostraba como un asunto de Estado, definitivo y con un futuro arrollador. Sin embargo, había voces que venían advirtiendo que en ese mar de noticias había mucho de especulación y de burbuja financiera. Así fue.
Resulta irónico que aquel relato haya quedado virtualmente en la nada, mientras que la salmonicultura, tan menospreciada por las autoridades nacionales y por no pocos funcionarios regionales, continúa proyectando crecimiento y eficiencia en la región y en el país. En rigor, la salmonicultura es una realidad que se palpa hoy mismo. Datos del mercado indican que los salarios del sector representan más de USD 100 millones anuales.
Hace unas horas, un importante editor argentino se contactó con este cronista para que le envíe información (reportes públicos) y le detalle cómo ha sido la evolución de la salmonicultura en Chile, como una manera de comprender por qué Argentina se quedó tan atrás, tomando en cuenta sus más de 4000 kilómetros de costa y las posibilidades que ofrece su geografía en el sur del país.
Por otro lado, el salmón chileno domina los dos mercados más exigentes del planeta, como son Estados Unidos y Japón. Una prueba de su calidad.
En 2024, The New York Times publicó un reportaje donde revela, a través de las declaraciones de numerosos científicos acreditados, que algunos parámetros del salmón de granja ya superan en calidad a los del salvaje. Luego vino un artículo muy sesgado donde se cuestionaba a la industria chilena.
No obstante, en 2025 Chile exportó a Estados Unidos 357.035 toneladas por un valor total de aproximadamente USD 2.4 mil millones. Son números fuertes que hablan también de la calidad del producto.
Desde hace años, científicos de todo el mundo vienen advirtiendo que los prejuicios, las militancias irracionales y el fanatismo están afectando las bases alimenticias de los países del Tercer Mundo, el crecimiento de naciones pujantes como Chile o de naciones consagradas en su desarrollo como Alemania.
En las redes se observan campañas, lideradas por poderosas ONG, donde el mensaje contra la salmonicultura es completamente falso y malintencionado. Le ocurre a la energía nuclear y a los alimentos transgénicos. En enero de este año, el canciller alemán Friedrich Merz aseguró que el abandono progresivo de la energía nuclear en Alemania se trató de un “grave error estratégico”.
En los sitios institucionales dedicados a la salmonicultura se pueden encontrar reportes y estudios que explican no solo los beneficios de consumir salmón y trucha, sino también el bajo impacto que tienen en el medioambiente gracias a las nuevas tecnologías.
El salmón de cultivo necesita menos alimento por kilo de peso ganado que la mayoría de los animales de granja terrestres. Esto se mide mediante el Factor de Conversión Alimenticia (FCR), que indica cuántos kilos de alimento se necesitan para producir 1 kg de peso corporal del animal (cuanto más bajo, más eficiente).
El espacio que ocupa es mínimo en relación con la producción que obtiene. En Magallanes, la actividad se sostiene en apenas 2000 hectáreas sobre más de 10.000.000 de hectáreas posibles.
Más números. Más verdades que incomodan.
