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Un reportaje de TVN revela que Noruega financia el reclamo indígena en zonas de producción salmonera en Chile (Por Claudio Andrade)

«¿Ha sido Chile ingenuo en la mayor carrera alimentaria del siglo XXI?». La pregunta que da título al reciente reportaje de TVN conducido por Amaro Gómez-Pablos no es casual ni mucho menos superflua.

El trabajo del destacado periodista repasa la actualidad de las dos principales industrias salmonicultoras del planeta: Noruega y Chile.

A medida que avanza la nota y se despejan las dudas respecto a la sostenibilidad —explicando que la acuicultura ofrece el menor impacto ambiental entre las formas de producción de proteínas animales—, uno termina comprendiendo que los noruegos efectivamente pretenden multiplicar su producción en los próximos 25 años. Que no se trata de un mito urbano. Que va a ocurrir.

Son números impresionantes, sobre todo porque se sustentan en un fuerte aparato estatal —tanto en el impulso internacional como en alternativas burocráticas internas— y en una soberbia tecnología.

Chile no está lejos en materia tecnológica, pero su retraso obedece a una permisología que no da tregua. Durante el documental se revela la financiación que los propios noruegos entregan a comunidades indígenas en Chile para impulsar controvertidos aspectos de la Ley Lafkenche.

Comunidades que reclaman dimensiones insólitas de territorio marítimo para su administración también reconocen, a través de un representante, que reciben alrededor de $500 millones de pesos al año.

En Chile todavía no existe una ley que obligue a las ONG a transparentar el origen de sus fondos, un hecho que clarificaría no pocas de sus campañas. La opacidad con la que se produce esta desviación de fondos noruegos hacia Chile resulta preocupante. De esta manera, a través de ONG financiadas con dineros extranjeros y de grupos familiares pagados, se traban proyectos productivos y se generan reclamos por fuera de la realidad.

Solo en Aysén, por ejemplo, dos grupos familiares exigieron en 2025 alrededor de 700 mil hectáreas. El pedido fue rechazado por una Comisión Regional que no encontró motivos verdaderos para el otorgamiento y que entendió que perjudicaría gravemente la economía regional.

Es el propio Gómez-Pablos quien deja otra pregunta obvia en el aire: ¿es una “coincidencia” que los reclamos de comunidades financiadas por Noruega coincidan precisamente con las zonas de producción salmonera?

De fondo hay una disputa comercial muy aceitada. Noruega produce alrededor de 1,4-1,5 millones de toneladas y Chile cerca de 1 millón. Sin embargo, nuestro país domina tres de los mercados más apetecidos del mundo: Brasil, Japón y Estados Unidos.

Las cifras que revelan las autoridades noruegas no dejan lugar a dudas: se dirigen a quintuplicar el valor de su producción. Para ello cuentan con un aparato burocrático que las acompaña, un producto competitivo y estrategias comunicacionales que afectan directamente a Chile.

El director de Acuicultura de Noruega, Yngve Torgersen, aseguró al periodista que se podría multiplicar por cinco el valor de la producción noruega en los próximos años.

Durante el gobierno de Gabriel Boric, el entonces Presidente se apresuró en anunciar la salida de las salmoneras de las zonas de reserva. Esto generó un efecto dominó muy negativo para una industria que exporta alrededor de USD 6.500 millones y entrega más de 80.000 puestos de trabajo directos e indirectos.

Las palabras de Boric suenan hoy a contramano de lo que ocurre en Noruega, donde el Estado apuesta con fuerza al futuro de su industria salmonera y, por qué no, a destronar a sus competidores.

El desafío del nuevo gobierno que encabeza José Antonio Kast será desentrañar la permisología nacional que impacta en la posibilidad de producir en mayor volumen. Todo esto en el marco de una constante campaña en contra que justamente impulsan ONGs con intereses digitados en otros lugares.

Hacia 2030, la industria nacional proyecta consolidar sus esfuerzos mediante avances tecnológicos que le permitirán crecer de manera cada vez más sustentable. Al final, esta es una bandera que levantan tanto Chile como Noruega, pues el mar es su recurso compartido.

Las últimas imágenes del reportaje cuentan la historia de Aino Olaisen, una productora noruega que rescató a su pueblo del olvido gracias a su empresa dedicada a la producción de unas 50 mil toneladas de salmón.

Olaisen recuerda el compromiso y la alegría que siente no solo por haber recuperado su pueblo con una actividad que heredó de su familia y que ella supo hacer florecer, sino también por el orgullo de trabajar generando alimento.

Dos lecciones que en Chile debemos aprender mejor. Justamente porque la salmonicultura ha revitalizado el sur de Chile al tiempo que le ha dado una misión: alimentar al planeta con un producto de enorme calidad.

El reportaje de TVN