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La coherencia cristiana en la sociedad actual [Por Miguel Sierpe Gallardo]

El mundo cristiano vive durante la Semana Santa unos días de gran relevancia. En este periodo, aquellos que profesamos el cristianismo deberíamos experimentar un profundo sentimiento de cercanía con Jesús y su vía crucis. Es un momento para detenernos y reflexionar sobre nuestro caminar diario, evaluando si realmente seguimos el ejemplo que Jesús nos mostró en su paso por este mundo.

Sin embargo, observamos que nuestros comportamientos distan mucho del modelo que nos enseñó nuestro guía; en lugar de asemejarnos a él, actuamos de manera contraria. No se trata de enumerar a cristianos destacados que no cumplen con este ideal, sino de reconocer una tendencia generalizada de incoherencia en nuestro actuar.

Actualmente, es frecuente escuchar descalificaciones, desprecios, mentiras, abusos e insultos por parte de quienes se identifican como cristianos en la sociedad. En el ámbito político, esta incoherencia se amplifica: personas que portan una visible Cruz como símbolo de su fe, muestran conductas totalmente opuestas a la enseñanza de Jesús. Resulta todavía más llamativo que, en ocasiones, quienes no profesan la fe cristiana demuestran mayor respeto, consideración y coherencia que los propios cristianos.
Para comprobar estas afirmaciones, basta con observar los comentarios en redes sociales, donde predominan la irreverencia, la grosería, la mentira y la falta de respeto.

No hay explicación ideológica, ni responsabilidad exclusiva de ningún sector político; hay cristianos en todos los ámbitos, tanto en la oposición como en el gobierno. La sociedad en general parece descompuesta, sin la mínima consideración hacia los demás, y cada día el ambiente se vuelve más contaminante. Esta situación dificulta el entendimiento y la convivencia, mientras la mentira se convierte en una práctica habitual.

Incluso las autoridades de todos los sectores actúan y mienten sin ningún reparo, bajo la mirada impávida de los ciudadanos. La falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace genera desconfianza e inseguridad, llevando a la ciudadanía a vivir sin esperanza ni optimismo, no solo para ellos mismos, sino también para sus hijos y nietos.

No corresponde emitir juicios de valor sobre quiénes son responsables de esta falta de consecuencia, porque se presenta en todos los ámbitos: organizaciones políticas, gobiernos, parlamentos, policías, justicia, fuerzas armadas y de orden. Muchas instituciones públicas y privadas han sido infiltradas por la corrupción. Ante esta situación, resulta difícil encontrar una luz de esperanza para la mejora, ya que la intolerancia y la negación al diálogo están perpetuadas por quienes se sienten cómodos en esta condición.

No resulta fácil ni gratificante abordar las cuestiones que se han expuesto anteriormente, ya que implican reconocer una realidad incómoda que afecta no solo a la sociedad, sino a nuestro propio entorno. En cierto sentido, escribir sobre esta incoherencia implica admitir que yo mismo no estoy enfrentando plenamente esta verdad. Aun así, quiero pensar que tal vez mi visión es demasiado pesimista y que existe la posibilidad de que, en el futuro, podamos presenciar días mejores.

Es posible que la humanidad, o al menos los cristianos, logren establecer relaciones más respetuosas y consideradas, superando el ambiente de desconfianza, intolerancia y la falta de diálogo que predomina actualmente.

Por Miguel Sierpe Gallardo, columnista.