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Geotermia: El calor bajo nuestros pies [Por Juan Marcos Henríquez]

Llegué a este tema como Salieri, o sea sin haber inventado nada, tomando prestadas melodías ajenas, juntando ideas de conversaciones de café y escuchando programa de José Necul, en radio Presidente Ibañez. Sólo he puesto mi capacidad de escuchar y evaluar la relevancia, factibilidad e importancia del tema en esta columna. Hago la referencia porque muchos profesionales pasan años o décadas planteando propuestas, y a veces falta que algún actor político recuerde a la gente lo que alguien ya pensó, pero que las autoridades no escucharon o no pusieron atención.

Magallanes no tiene cultura de volcanes (aunque cada cierto tiempo un sismo nos recuerda que hay unos cuantos activos en la región), por ello desconocemos que tenemos calor debajo de nuestros pies. La energía geotérmica es un tipo de energía que se obtiene a partir del aprovechamiento del calor interno del planeta y constituye una de las fuentes de energía renovable más limpias que existen. En nuestra región a dos mil metros de profundidad, el suelo alcanza entre 80 y 120 grados, suficiente para calentar sin quemar una gota de combustible.

El problema principal de la geotermia es que llegar hasta ese calor cuesta una fortuna. Perforar hasta esas profundidades es caro y constituye el gasto más alto de cualquier proyecto de este tipo. Sin embargo, precisamente ahí está la ventaja de Magallanes, ya que ENAP dejó más de 1.400 pozos abandonados en la región, ya perforados hasta esas profundidades, pero además con toda la geología documentada. El desafío es evaluar cuantos de esos pozos pueden ser reconvertirlos en intercambiadores de calor.

La idea en simple es circular un fluido por su interior que suba caliente y ceda esa energía a las casas o invernaderos. La infraestructura más difícil ya existe, casi olvidada en la estepa, esperando que alguien decida al menos intentar usarla.

Estudios del Centro de Excelencia en Geotermia de los Andes evidencian que en localidades de Magallanes como Punta Delgada y Cerro Sombrero la geotermia es posible y que podrían significar ahorros en calefacción importantes en comparación al gas actual. Traducido en plata, significaría ahorros cercanos al 90%, o sea pasar de una cuenta de 100 a 150 mil pesos mensuales en invierno a pagar algo cercano a 20 o 30 mil.

Por otro lado, hay que considerar que la geotermia tiene una importancia más allá de cuanto sale la cuenta mensual. El gas se quema y desaparece, pero libera dióxido de carbono en la atmósfera. El calor al interior de la tierra no se agota (al menos a escala humana), no produce emisiones y no depende de lo que pase con los precios del petróleo. Si además la electricidad que mueve las bombas del sistema puede venir del viento a través de aerogeneradores, se podría cerrar un ciclo completamente renovable, sin combustibles fósiles en ningún punto de la cadena. Calor de la tierra y electricidad del viento podría servir para reconvertir nuestra matriz energética y contribuir al combate del cambio climático. Algo que se requiere con urgencia.

Las aplicaciones de la geotermia pueden llevarnos más allá de calefaccionar las casas, y puede ser fácilmente usada en la agricultura. Calentar un invernadero entre abril y octubre es carísimo, haciendo casi imposible cultivar en ese periodo. Con geotermia barata y estable, se podría cultivar todo el año, y así reducir la dependencia de la fruta y verdura que llega en camión desde el norte. Imagínese grandes invernaderos en la estepa capaces de producir hortalizas en invierno. Por tanto, la geotermia no es solo energía, es la posibilidad de repensar cómo se puede poblar el territorio y alimentar las personas en nuestra región. Es una alternativa energética que nos da una posibilidad rentable para avanzar hacia la seguridad agroalimentaria y la autosuficiencia.

Sin embargo, concretar la geotermia en Magallanes no es algo fácil ni sencillo, y sería deshonesto afirmar lo contrario. Hay pozos que llevan décadas abandonados y nadie sabe en qué estado se encuentran. Hay que revisar nuestra legislación y ver si es factible la explotación y uso de este recurso energético. Por último, también hay que ver quien pone la plata para financiar un proyecto piloto que permita hacer factible el uso de este recurso. Son problemas reales, pero no imposibles de superar, ya que son problemas sólo de visión, voluntad y decisión. Lo que falta aquí es quien da el primer paso, porque ya es hora de empezar a recorrer este camino.

Por Juan Marcos Henríquez,  doctor en Ciencias Biológicas, columnista.