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Cómo Puerto Natales derrotó a las bolsas de plástico (Por Salvador Miranda)

El viento en Puerto Natales no es un habitante silencioso; es el alma de la ciudad. Durante décadas, sin embargo, ese mismo viento patagónico cargaba con una herida visible que afeaba nuestra geografía. El paisaje de mi infancia y juventud quedó marcado por una postal gris: cuando salía de paseo con mi madre por los huertos aledaños, el horizonte se interrumpía por el triste espectáculo de cientos de bolsas plásticas que flotaban a la deriva y terminaban enganchadas, como jirones de abandono, en las hileras de los alambres de púa.

Esas bolsas atrapadas en los cercos de los huertos parecían un mal endémico, un precio inevitable del progreso y la comodidad. Cuando se levantó la voz por primera vez para decir “basta”, la idea sonó a utopía. Sacar las bolsas plásticas de las cajas de los supermercados y del comercio local parecía un desafío colosal, casi imposible.

Pero la persistencia patagónica está hecha de otra madera.

Los primeros años de la campaña se vivieron cuerpo a cuerpo, día a día. No fue una imposición que bajó de un decreto frío; fue un trabajo de hormiga: convencer al almacenero de la esquina, conversar con el vecino que iba al supermercado y educar en las escuelas. Había que cambiar no solo un hábito de consumo, sino una estructura mental arraigada por el confort del “úselo y tírelo” y el desapego hacia el paisaje que nos rodeaba.

En ese largo camino de concientización, las expresiones culturales y las acciones directas en la calle jugaron un rol fundamental para movilizar conciencias. Un hito clave en esta ruta creativa ocurrió en 2008, cuando un profesor de arte local diseñó un afiche que se transformaría en el alma gráfica de nuestra lucha: la potente imagen de un pichón de avestruz —un tierno e indefenso charito de nuestra fauna patagónica— enfrentándose cara a cara con una bolsa plástica gigante que amenazaba su entorno. Aquella ilustración no solo conmovió a la comunidad, sino que logró plasmar con total lucidez la vulnerabilidad de nuestra biodiversidad frente al descuido humano.

Esa urgencia callejera se transformó también en música y resistencia. Desde la vereda de la contracultura local, organizamos distintos recitales de rock bajo una consigna clara y ruidosa: “Por un Puerto Natales sin bolsas plásticas”. El rock, con su energía contestataria, se convirtió en el amplificador ideal para la juventud y los vecinos, demostrando que la defensa del territorio se podía gritar con guitarras distorsionadas y convicción absoluta.

Ese mismo 2008, junto con lanzar el afiche y hacer sonar los escenarios, pusimos manos a la obra para ofrecer una alternativa real: mandamos a hacer bolsas de papel y salimos a recorrer las calles de la ciudad para repartirlas directamente a la gente. Queríamos demostrar que se podía volver a comprar sin necesidad de herir el entorno, sembrando la semilla de lo que vendría después.

El escepticismo inicial se fue transformando en una marea de voluntades. Las bolsas de género, las mochilas y los canastos empezaron a reaparecer en las manos de los natalinos, rescatando una soberanía ambiental que se había perdido ante el avance del plástico.

Todo ese esfuerzo acumulado —esas horas de concientización, acordes y debates comunitarios— se cristalizó en una fecha que quedó grabada en la historia ambiental de la región: 2014.

Aquel año, Puerto Natales se convirtió en una de las comunas pioneras en Chile al prohibir, por ordenanza municipal, la entrega de bolsas plásticas en el comercio local. Mientras el resto del país aún miraba el problema de reojo, la capital de la provincia de Última Esperanza daba un salto de gigante. La comunidad no solo acató la norma; la abrazó como un sello de identidad y de respeto a su propia historia.

Hoy caminamos por los senderos de los huertos y el paisaje es otro. El compromiso comunitario dio sus frutos y la recompensa es la dignidad recuperada de nuestra tierra.

Mirar hoy a Puerto Natales es constatar que las grandes batallas culturales se pueden ganar cuando hay memoria y pertinencia. Ese orgullo legítimo se nota en la limpieza de la ciudad, en las costaneras despejadas y en los campos periféricos que vuelven a respirar libres. Los alambres de púa que antes atrapaban basura, hoy solo delimitan la tierra bajo un cielo limpio.

El viento sigue soplando con la misma fuerza de siempre en Natales, pero hoy ya no arrastra los plásticos del descuido. Hoy limpia el aire, libre, custodiando una Patagonia que su propia gente decidió proteger.