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Punta Arenas: De la cinta inaugural al óxido cotidiano [Por Jonathan Cárcamo]

En Punta Arenas, cada proyecto urbano que se inaugura viene acompañado de una promesa formal: el municipio se compromete a mantener en buen estado plazas, veredas, barandas, luminarias y mobiliario público. La ciudadanía aplaude, se corta la cinta tricolor, se hacen fotos para las redes sociales y, por un breve momento, la ciudad parece avanzar. Pero basta caminar quince minutos por cualquier barrio para advertir que, más que un compromiso, se trata de una frase de protocolo que termina olvidada en el expediente.

Banderas rotas ondean tristemente en los bandejones centrales de la Avenida Bulnes; barandas oxidadas adornan el paseo costero, mientras luces quemadas permanecen inoperativas durante semanas o incluso meses. Y lo más indignante: un parque emblemático como el María Behety, que además es un humedal protegido por ley, lleva años esperando la reparación de su cierre perimetral, deteriorado y completamente expuesto al vandalismo. ¿Dónde está, entonces, ese famoso “compromiso de mantención” que el municipio firma una y otra vez?

La respuesta está en la estructura misma de cómo se gestiona la ciudad. Según la Subdirección de Obras Municipales (2024), el 85% de las tareas de mantención urbana están tercerizadas. Es decir, si se rompe una baranda o se quema una luminaria, el municipio no puede simplemente enviar a alguien a repararla. Debe iniciar un proceso de licitación, adjudicarlo a una empresa externa, y luego esperar que dicha empresa —cuando pueda— ejecute el trabajo. Mientras tanto, el espacio se deteriora a vista y paciencia de todos, sin que nadie responda con la urgencia que el problema amerita.

Lo más paradójico es que Punta Arenas no siempre fue así. Décadas atrás, el municipio contaba con una maestranza propia: un taller municipal con personal técnico capacitado para realizar reparaciones básicas de manera rápida y eficiente. Esa estructura fue desmontada con el paso del tiempo, reemplazada por la promesa de la eficiencia de lo “privado”, que en la práctica se tradujo en más burocracia, menos control y mayores demoras.

Y mientras tanto, se nos sigue vendiendo la idea de que somos una ciudad “modelo” en sostenibilidad. Que somos la puerta de entrada a la Antártica, una urbe comprometida con el medio ambiente y el desarrollo sustentable. Pero la sostenibilidad no se mide por el número de paneles solares instalados ni por los discursos sobre carbono neutralidad. También se expresa —y sobre todo se sostiene— en lo cotidiano: una banca reparada a tiempo, una luminaria encendida en una noche oscura, una baranda segura en una zona transitada. De nada sirve inaugurar un nuevo parque si un año después está sucio, con juegos rotos y sin iluminación.

Este no es solo un problema estético. Es una cuestión de seguridad pública, de accesibilidad urbana y de respeto por los espacios que compartimos. Cuando se deja que una vereda se rompa y no se repara, no solo se expone al deterioro el paisaje urbano, sino también la integridad física de adultos mayores, niños y personas con movilidad reducida. Cada pequeño abandono suma, y el resultado final es una ciudad que envejece mal.

¿Qué hacer? Recuperar la capacidad técnica del municipio para actuar con autonomía frente a lo urgente. No se trata de eliminar completamente la tercerización —que puede ser útil en proyectos mayores o especializados—, sino de establecer un equilibrio. Punta Arenas necesita reactivar una maestranza municipal básica, con un equipo reducido pero eficiente, que permita dar respuestas rápidas a fallas menores. Además, es indispensable asignar partidas presupuestarias reales para mantención. No basta con firmar compromisos simbólicos si no hay recursos asignados que los respalden. Finalmente, se requiere mayor transparencia: que la ciudadanía pueda saber qué proyectos están en mantención, cuáles están abandonados y quién es responsable.

La ciudad no necesita más discursos grandilocuentes. Necesita soluciones concretas. Luz donde no hay, bancas donde faltan, seguridad donde se ha perdido. Porque mientras los compromisos de mantención sigan siendo letra muerta, la ciudad seguirá cayéndose a pedazos, y los vecinos seguirán pagando las consecuencias del abandono con su seguridad y su dignidad.