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Salmón o la velocidad del progreso (Por Claudio Andrade)

Entre las primeras experiencias con la salmonicultura en el país, ocurridas en Puerto Natales y auspiciadas por Fundación Chile, y el desarrollo de una de las industrias nacionales más potentes de su historia, pasaron poco menos de 50 años. Medio siglo de trabajo, proyectos e inversiones.

Se trató de un tiempo vertiginoso y, durante todo ese periodo, la sociedad misma tuvo que comenzar a entender los alcances de una tecnología diseñada para proveer más y mejores alimentos a un costo ambiental cada vez más bajo.

En su libro “Nexus”, el historiador israelí Yuval Noah Harari repasa en un momento de su obra cómo la humanidad, sobre todo a partir del siglo XIX y el estallido de la Era Industrial, comenzó a sentir la crisis ecológica del planeta. En su necesidad de desarrollo, el mundo avanzó en un siglo lo que no había avanzado en miles de años. En el camino, debió aprender cómo generar productos sin devastar su propio espacio: la Tierra.

Harari también subraya que la civilización actual tiene la oportunidad de hacerlo mucho mejor que sus antepasados –cuenta con la tecnología y ahora con la IA– hasta alcanzar un sistema de producción sustentable y justo en la mayoría de los órdenes.

En los últimos tiempos se han perfeccionado métodos para imponer un menor impacto a la naturaleza en prácticamente todas las industrias.

Probablemente el sector del salmón tardó en explicar esto y el hecho de que su actividad le permitía al mar recuperar recursos perdidos en más de un siglo de explotación intensiva.

El salmón va camino a convertirse en un símbolo de calidad alimentaria y en el resultado más moderno y sofisticado de una industria que aún tiene mucho para ofrecer a la humanidad.

No es exagerado decir que la salmonicultura “cultiva el mar” y, justamente, no lo explota.

Resulta irónico el reclamo contra la salmonicultura por parte de grupos radicalizados, puesto que el salmón ofrece el menor impacto ambiental dentro de los animales que se crían bajo control (cerdo, gallinas, vacunos) y su proteína contribuye al mejoramiento de la dieta y la salud de miles de millones de personas en todo el mundo.

El reclamo podría estar dirigido a otras industrias, pero el salmón tiene una mala fama que conviene a ciertos espíritus “progres”. El salmón chileno contiene en sí mismo una de las piezas clave del futuro inmediato; pero algo más: ya mismo es parte del núcleo económico del país.

Otros sectores de la acuicultura que producen mejillones, langostinos o trucha transitan el mismo camino.

Esta es otra de las ironías que soporta la industria: ha sido sometida a una caza de brujas cuando su espíritu inicial —y milenario en sus bases— siempre buscó ser más eficiente.