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La necesidad de recuperar el prestigio de la política [Por Miguel Sierpe Gallardo]

La política, actividad fundamental para el funcionamiento de la sociedad, atraviesa en la actualidad una crisis de desprestigio que se ha vuelto insostenible. Es imprescindible que recupere su reputación y credibilidad ante la ciudadanía para garantizar el correcto desarrollo democrático y el bienestar social. El deterioro de la imagen política se atribuye en gran medida a los numerosos casos de corrupción que han afectado a todos los sectores del arco político, independientemente de ideologías o partidos. Esta situación ha generado una percepción negativa generalizada sobre la clase política.

Un elemento relevante en este contexto es la “estrategia del empate”, utilizada por los adversarios políticos cuando surge una denuncia de hechos repudiables. Consiste en responder a una acusación con otra similar, equiparando así las faltas de unos y otros. De este modo, las responsabilidades se diluyen y el desprestigio se extiende por igual a todos los implicados, contribuyendo al rechazo generalizado hacia la política y sus actores.

Junto al descrédito provocado por la corrupción, existe un fenómeno menos visible pero igualmente relevante: el de aquellos individuos que transitan entre distintos sectores del espectro político. Aunque el cambio de opinión o de posición política es legítimo y forma parte de la libertad individual, cuando este comportamiento se convierte en rutina y coincide con variaciones en la correlación de fuerzas que acceden al poder, se evidencia que responde a intereses personales económicos y electorales, no a reflexiones profundas de carácter filosófico, ideológico o político.

Quienes practican este tipo de transfuguismo, actúan simplemente como mercaderes de la política, movidos por la conveniencia propia en vez de por principios sólidos. Este factor incide de manera significativa en la pérdida de prestigio de la política, alimentando la desconfianza ciudadana y reforzando la imagen de que, para algunos, la política no es más que un medio para el beneficio personal. En Magallanes hay ejemplos evidentes de este comportamiento, con personeros influyentes que aceptan a estos “zánganos” en su entorno, buscando ampliar sus influencias. Así, en la región se observan individuos que se convierten en “edecanes” de las autoridades, acompañantes inseparables de “influyentes” que antes despreciaban, pero ahora rodean para asegurar apoyo en sus futuras declaraciones de intenciones.

Este desfile en las pasarelas políticas pasa desapercibido para la comunidad en general, pero evidencia que en los próximos meses estos personajes anunciarán sus candidaturas, representando sectores en los que han establecido su nuevo domicilio político, desplazando a quienes siempre han estado allí. Esta práctica no solo desprestigia la política, sino también el concepto de decencia, valores y credibilidad.

Por Miguel Sierpe Gallardo, columnista.