¿Si un árbol cae en el bosque y algunos no dicen nada, hace ruido? [Por Mauricio Vidal Guerra]
Hay que reconocerlo… El fin de semana estuvo extrañamente silencioso. Mientras en el mundo digital las redes ardían con documentos, deudas y denuncias que involucran a una conocida autoridad (de esas que les gusta dar lecciones de moral en cada micrófono), en los diarios y en las radios “de toda la vida” se respiraba una paz conventual.
Parecía que vivíamos en Suiza, o quizás, que todos los editores de la región se habían ido juntos de retiro espiritual a una zona sin internet. Ese silencio es fascinante. Es una mezcla de yoga editorial y equilibrismo corporativo.
Es comprensible, ¿no? En nuestro querido rincón del mundo, el “quién es quién” es el deporte nacional. Para algunos, la línea editorial no se aprende en la universidad, sino que viene en el ADN o se hereda junto con las acciones de la empresa familiar. Es difícil publicar una noticia incómoda cuando los protagonistas son de tu línea política, o son familiares o amigos, o es el compadre del director o el vecino de parcela del dueño… o lo que que sean.
En esos casos, el periodismo deja paso al “blindaje de café”. Es lícito, claro. Cada quien cuida su boliche. Pero no lo llamemos periodismo… Llamémoslo relaciones públicas con aroma a quizás qué.
Es ese arte de informar solo lo que no despeine a los amigos de la casa, mientras que al ciudadano de a pie se le juzga antes de que termine de pagar la multa.
Para los nuevos y futuros periodistas que hoy miran estas escenas desde la academia: Tomen nota. Aquí tienen una clase magistral de lo que no deben hacer. Existe una curiosa teoría instalada en ciertos sectores que dice: “Si no salió en el medio que lee mi abuelo, entonces es mentira”. Es una lógica casi mágica.
Como si la realidad necesitara el timbre de un medio tradicional para existir. “Miren, ahí hay una montaña de evidencia”, decimos nosotros. “No la veo, no está en mi diario favorito, por lo tanto, es un holograma”, responden los voceros del poder. Es tierno, de una ingenuidad casi infantil, si no fuera porque estamos hablando de transparencia y recursos públicos.
En el resto del planeta, cuando un medio saca un “golpe”, los demás (por orgullo profesional o simple hambre de noticia) corren, citan y profundizan. Aquí no. Aquí se aplica la técnica del ninguneo. Si lo sacó un medio independiente, hagamos como que no pasó. Ignorémoslo hasta que desaparezca (les damos una pista: No va a desaparecer).
Sentirse orgulloso de no ser cómplice debería ser el sueldo moral de cualquier comunicador. Ver cómo algunos se retuercen para no mencionar “el elefante en la habitación” es, por decir lo menos, entretenido. Es como ver un partido de fútbol donde un equipo ignora que le metieron cinco goles y sigue celebrando los laterales.
A los actores políticos que creen que el silencio de sus “amigos” los hace invisibles, les tenemos una mala noticia: El siglo XX terminó hace rato. Hoy, la gente no espera el diario de la mañana para saber quién debe qué.
Por estos lados, seguiremos haciendo lo que mejor sabemos hacer: Ser los “pesados” de la clase. Esos que no fueron invitados al asado de camaradería y que, por lo tanto, no tienen problemas en contar quién se llevó la carne sin pagar.
Al que le caiga el poncho, que se lo ponga (y si lo debe, que lo pague). ¡Y Feliz día a todas las madres, y también a los que no callan nada!
Por Mauricio Vidal Guerra, periodista, director ZonaZero.cl
