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La salmonicultura y el desafío de alimentar desde el fin del mundo [Por Juan Marcos Henríquez]

Los que peinamos canas recordamos bien nuestra niñez con limitada oferta de alimentos, y lo que comíamos venía fresco de la quinta, del campo o del mar. No había productos congelados y la cadena de distribución de alimentos que recorrieran miles de kilómetros era escasa y poco diversa. Era limitaciones, pero nos obligaba a la autosuficiencia, algo que hoy hemos perdido casi por completo.

La pandemia vino a recordarnos con brutalidad la necesidad de producir nuestros propios alimentos. Cuando las cadenas de abastecimiento se cortaron y el transporte colapsó, quedó en evidencia algo que ya deberíamos saber: producir alimentos localmente es una necesidad imperativa. La distancia que nos separa de los grandes centros de producción nos deja expuestos a cualquier anomalía o crisis externa, y el cambio climático agrava esa fragilidad. Las sequías amenazan las vegas que sostienen la ganadería, la escasez de agua en verano golpea cultivos y pozos, y el clima sigue siendo hostil y ahora con eventos inesperados. En ese escenario, la seguridad alimentaria debería estar en el centro de la agenda regional, y no postergada para mejores tiempos que, a este ritmo, podrían no llegar.

La pregunta concreta es ¿qué alimentos producimos localmente durante todo el año? La respuesta debería inquietarnos ya que son solo dos: la carne de cordero y el salmón. Las hortalizas y papas son estacionales. La centolla tiene vedas. Los choritos y el erizo están sujetos a alertas de marea roja que pueden cortar su comercialización por meses. Si Magallanes tuviera que alimentarse con lo que produce, las alternativas son pocas y frágiles.

En este contexto la salmonicultura adquiere gran importancia. No como industria idealizada, sino como hecho concreto. Es una industria que produce proteína de alto valor nutricional, genera empleo en territorios alejados de los centros urbanos y opera los doce meses del año. Para una región con nuestra vulnerabilidad, eso es una ventaja estratégica real, y un dato no menor.

Reconocer ese aporte, sin embargo, no nos obliga a ignorar que existen problemas. Las crisis sanitarias, la acumulación de fármacos y materia orgánica en los fondos marinos, el impacto sobre especies nativas y la presión sobre los ecosistemas de fiordos y canales patagónicos son hechos que preocupan. La desconfianza que generan tiene fundamento, recordando la historia reciente de otras regiones y el desastre de algunas empresas.

Una mirada honesta sobre la industria exige hacerse cargo de eso. El cambio climático hace más compleja la situación. Las temperaturas del mar están cambiando, los ciclos de corrientes se alteran y los eventos extremos se vuelven más frecuentes. Una industria que no adapte sus prácticas estará cada vez más expuesta a crisis productivas, y cuando la industria colapse, los trabajadores y las comunidades que dependen de ella serán los primeros afectados.

El argumento más sólido para elevar los estándares ambientales no son éticos son probablemente pragmático. Una salmonicultura más limpia es una salmonicultura más sostenible en el tiempo. Las empresas que inviertan en tecnologías de menor impacto ambiental, que respeten las cargas de cultivo y monitoreen con rigor el estado de los ecosistemas donde operan, tendrán más posibilidades de sobrevivir a largo plazo. Por tanto, no se trata de elegir entre desarrollo y naturaleza. Se trata de entender que sin ecosistemas sanos no hay industria posible, y que operar con los estándares que ya se aplican en otras partes del mundo es una apuesta que Magallanes puede y debe dar.

El último informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático advierte que los gobiernos están retrocediendo en el objetivo de acabar con el hambre. La inseguridad alimentaria crece, impulsada por el cambio climático, los conflictos y las crisis económicas que castigan principalmente a los más pobres. Magallanes no está al margen de esa realidad, pero tampoco está sin opciones. Tenemos fiordos, canales y una industria instalada que podría ser parte de la respuesta, si se decide a operar a la altura de lo que está en juego.

Eso requiere fiscalización efectiva del Estado, inversión real de las empresas en innovación ambiental y participación genuina de las comunidades en las decisiones sobre el uso del territorio marino. Los recursos que necesitamos para vivir están en nuestro mar, pero no son inagotables, y las señales de presión ya son visibles. Si la salmonicultura aprende esta lección a tiempo, tiene futuro en Magallanes. Si no la aprende, el costo lo pagaremos todos.

Por Juan Marcos Henríquez, doctor en Ciencias Biológicas, columnista.