La confirmación de una acusación constitucional contra el ministro de Justicia, Fernando Rabat, marca el punto de inflexión más crítico en lo que va de la gestión del Ejecutivo. La revelación de decenas de decretos administrativos que redujeron condenas a condenados por abusos y delitos sexuales a menores —permitiendo que varios recuperen la libertad— ha encendido una conmoción transversal en la opinión pública. La respuesta legislativa, canalizada por las distintas bancadas de oposición con el anuncio del libelo, no responde a un mero gallito político, sino a la exigencia de explicaciones mínimas ante un hecho que agravia directamente la protección de la infancia.
Frente a la gravedad de los hechos, la estrategia del oficialismo ha consistido en escudarse en el apego a reglamentos vigentes e interpretaciones normativas. Sin embargo, calificar como un "trámite procedimental" o un simple "error administrativo" la decisión de atenuar penas a pederastas y agresores reincidentes evidencia una desconexión profunda entre los gabinetes ministeriales y el sentir ciudadano. Cuando la respuesta institucional ante la indignación colectiva se reduce al formalismo o a la insistencia en blindar autoridades deslegitimadas, la gestión política demuestra una evidente ceguera para ponderar el impacto humano y social de sus acciones.
El uso de mecanismos extraordinarios como la acusación constitucional no debiera ser la norma en un sistema democrático dinámico. No obstante, cuando las vías de responsabilidad política voluntaria se cierran, el Congreso se ve forzado a activar estas herramientas de fiscalización. El costo de aferrarse a la posición formalista no solo debilita al gabinete, sino que daña la credibilidad misma del sistema de justicia. Gobernar exige algo más que aplicar criterios burocráticos; requiere discernimiento, asumir costos ante faltas graves y entender que el verdadero sentido de las instituciones es resguardar a las víctimas y la seguridad de las familias.
Más allá del desenlace de esta acción fiscalizadora en la Cámara de Diputados y el Senado, el conflicto devela una crisis de liderazgo que va mucho más allá de un expediente judicial. Gobernar implica ponderar el impacto ético de cada resolución, y atrincherarse en el reduccionismo leguleyo para eludir responsabilidades debilita la autoridad moral de las instituciones públicas. La protección a la infancia no admite matices ni ambigüedades; cuando la ciudadanía percibe que la burocracia se pone por encima del resguardo de los más vulnerables, la quiebra de la confianza en el Estado se vuelve casi irreparable.
El paso siguiente exigirá de la clase política una altura de miras que hasta ahora ha estado ausente. Chile necesita con urgencia que las decisiones ministeriales respondan a un sentido profundo de justicia y humanidad, no a inercias administrativas ni a blindajes corporativos. Si el Ejecutivo insiste en ignorar el clamor social y la gravedad de lo ocurrido, el costo no solo lo pagará una figura ministerial en el Congreso, sino toda una estructura política que continúa alejándose de las prioridades reales de los ciudadanos.
