Es impactante darse cuenta de lo fácil que resulta salir a defender, con garras y dientes, el mismo sistema que nos hunde y nos aplasta. Pasa todos los días: miles de personas en situaciones sumamente precarizadas terminan protegiendo el modelo que las asfixia. Vivimos en una realidad tan densa que, sinceramente, terminó superando a la ficción.
Si miras a tu alrededor, da la impresión de que quedamos atrapados en el punto exacto donde se cruzan las profecías más oscuras de la literatura y el cine:
El 1984 de Orwell ya no necesita telepantallas obligatorias en cada esquina; el rastreador y la vigilancia masiva los llevamos voluntariamente en el bolsillo, mientras nos manipulan la verdad a punta de narrativas fabricadas. Al mismo tiempo, caímos de lleno en el Fahrenheit 451 de Bradbury: una sociedad anestesiada por la dopamina rápida de las pantallas, donde no hizo falta quemar libros porque la gente solita empezó a despreciar el pensamiento profundo por pura comodidad.
Es la mezcla perfecta entre el They Live de Carpenter —con esos mensajes subliminales de consume, obedece y no pienses— y los zombis de Dawn of the Dead de Romero, que vuelven al centro comercial no por hambre, sino por inercia. Todo esto montado sobre el escenario ciberpunk de Gibson en Neuromante: megacorporaciones al mando, tecnología de punta y una calidad de vida cada vez más degradada.
Hoy en día, la llamada "política de TikTok" logra sintetizar todas estas distopías en videos de 15 segundos. A través de algoritmos diseñados para enganchar, nos inyectan dos grandes mitos: primero, que no eres un trabajador precarizado, sino un "futuro millonario" que solo necesita madrugar a las 5 de la mañana; y segundo, que hay que adorar y proteger a las élites económicas mientras miramos con sospecha al vecino de al lado.
Orwell nos advirtió sobre el control autoritario y Bradbury sobre la anestesia del entretenimiento. Las redes sociales y las megacorporaciones combinaron ambas ideas y lograron la jugada maestra: conseguir que los mismos dominados peleen con convicción las batallas de sus dominadores.
Por eso, hoy la verdadera rebeldía no es sumarse al trend de moda ni repetir el eslogan de turno. Rebelarse de verdad empieza por algo tan simple —y tan difícil— como apagar la pantalla un momento, ponerse las gafas críticas, retomar un buen libro y volver a pensar por cuenta propia.
¿Nos dejamos tragar por la inercia o nos atrevemos a despertar?
