Durante los últimos años nos hemos acostumbrado a escuchar que Magallanes se encuentra frente a una oportunidad histórica.
Hablamos de hidrógeno verde, crecimiento de la acuicultura, turismo antártico y de expedición, nuevas instalaciones portuarias, mayor actividad logística y de una posición geográfica privilegiada para el desarrollo de industrias vinculadas al mar.
Las cifras de inversión que acompañan estos proyectos son enormes y, naturalmente, generan expectativas.
Pero creo que existe una pregunta mucho más sencilla que debemos comenzar a hacernos:
¿Cómo participamos los habitantes de Magallanes de ese desarrollo?
Porque una cosa es que una gran inversión se instale en nuestro territorio y otra muy distinta es que sus beneficios lleguen efectivamente a las personas que viven en él.
Para un ciudadano, participar del desarrollo significa, entre otras cosas, tener acceso a un trabajo, recibir una remuneración, adquirir nuevas competencias y contar con posibilidades reales de crecimiento profesional.
Y cuando eso ocurre, el beneficio deja de ser solamente individual.
Un trabajador que recibe mensualmente una remuneración sostiene a su familia, compra en el comercio local, paga servicios, puede acceder a una vivienda, consume, ahorra, invierte y hace circular esos recursos dentro de nuestra economía.
Por eso creo que debemos comenzar a complementar la pregunta de cuánto se invertirá en Magallanes con otra igualmente importante:
¿Cuántos habitantes de Magallanes podrán trabajar en las industrias que estamos desarrollando?
Tenemos técnicos, pero debemos abrirles el acceso al mar
Esta discusión resulta especialmente importante en una región cuya geografía y actividad económica están profundamente vinculadas al mar.
Nuestros liceos técnico-profesionales, centros de formación técnica, institutos profesionales y universidades forman especialistas en mecánica, electricidad, electrónica, automatización, mantenimiento industrial, refrigeración, gastronomía, hotelería, turismo y muchas otras disciplinas que tienen aplicación directa en las industrias marítimas.
Tenemos, por lo tanto, una parte importante del capital humano.
Pero existe una brecha.
Contar con una formación técnica o profesional relacionada con una actividad marítima no significa necesariamente estar habilitado para desempeñarse como integrante de la dotación de una nave mercante.
Para ejercer determinadas funciones a bordo se requiere cumplir una ruta marítima específica: formación, cursos de seguridad, permisos de embarco, práctica profesional, evaluaciones y titulaciones, dependiendo del cargo y del tipo de nave.
Esto genera una situación que deberíamos observar con mucha atención.
Podemos tener en Magallanes a un joven perfectamente formado como mecánico, electricista o especialista industrial y, al mismo tiempo, tener empresas marítimas buscando fuera de la región personas habilitadas para trabajar a bordo.
Ahí existe una brecha, pero también una enorme oportunidad.
No necesitamos empezar de cero
La solución no pasa necesariamente por crear nuevas carreras ni por reemplazar lo que actualmente realizan nuestras instituciones educacionales.
Podría ser mucho más sencilla:
formación técnica + formación marítima.
Un egresado de mecánica podría complementar sus conocimientos con la formación marítima correspondiente y abrir una nueva ruta profesional hacia el área de máquinas.
Un técnico eléctrico, electrónico o especialista en automatización podría incorporar competencias marítimas que amplíen su campo laboral.
Lo mismo puede ocurrir con determinadas especialidades vinculadas a hotelería, gastronomía, turismo y otras áreas relacionadas con las operaciones marítimas.
No significa que todos deban transformarse en marinos.
Significa algo diferente: que quienes quieran desarrollar su especialidad profesional en el mar tengan un camino para hacerlo.
Y esto puede comenzar incluso antes del egreso.
Podemos imaginar convenios entre liceos técnico-profesionales, CFT, institutos, universidades y centros de formación marítima que permitan construir rutas complementarias para sus estudiantes.
Así, un joven podría terminar su carrera técnica no solamente con su título académico, sino habiendo avanzado además en los requisitos necesarios para ampliar sus oportunidades laborales hacia el sector marítimo.
Las prácticas son parte fundamental de la solución
Sin embargo, existe otro desafío que debemos abordar.
La formación teórica por sí sola no completa muchas de estas rutas profesionales.
Los aspirantes necesitan embarcar y realizar los períodos de práctica exigidos para avanzar hacia sus respectivas titulaciones.
Aquí las empresas tienen un papel fundamental.
Las compañías vinculadas al transporte marítimo, acuicultura, turismo, logística, energía y servicios navales pueden transformarse en parte activa de la solución ofreciendo cupos de práctica a quienes se están formando.
No deberíamos considerar estos cupos solamente como una acción de responsabilidad social.
Son también una inversión en capital humano.
La persona que hoy embarca como aspirante puede convertirse mañana en el tripulante, motorista, oficial o especialista que esa misma industria necesitará contratar.
Una tarea que requiere articulación
Ningún actor puede resolver este desafío por sí solo.
Las instituciones educacionales poseen los estudiantes y entregan las competencias técnicas.
Los centros de formación marítima podemos aportar la preparación específica necesaria para ingresar y desarrollarse profesionalmente en este sector.
Las empresas conocen sus necesidades reales de personal y tienen la posibilidad de generar espacios para prácticas y futuras oportunidades laborales.
La Autoridad Marítima establece los estándares y requisitos que permiten garantizar que quienes trabajan a bordo posean las competencias necesarias.
Y el Gobierno Regional puede desempeñar un papel articulador, impulsando políticas de formación de capital humano que permitan preparar a nuestra población para las actividades económicas que estamos promoviendo como región.
No se trata de que una institución haga el trabajo de otra.
Se trata precisamente de lo contrario:
que cada institución haga su parte y que seamos capaces de conectarlas.
Prepararnos hoy para las industrias que vienen
La discusión adquiere todavía mayor importancia cuando observamos las transformaciones que experimentará la actividad marítima nacional.
La nueva legislación sobre cabotaje introduce modificaciones que pueden cambiar progresivamente las condiciones bajo las cuales operan las empresas navieras y se incorporan embarcaciones y dotaciones.
Para Magallanes existe un período especial de transición antes de que determinadas disposiciones tengan plena aplicación regional.
Ese período no debería ser entendido solamente como una espera.
Deberíamos entenderlo como una oportunidad para prepararnos.
Si queremos que en los próximos años exista una mayor participación de trabajadores nacionales —y particularmente regionales— en las nuevas operaciones marítimas, entonces debemos comenzar a formar esas personas hoy.
Porque cuando una empresa necesite contratar un especialista, la pregunta no será solamente de dónde es ese trabajador.
La primera pregunta será:
¿Está preparado y está habilitado para realizar el trabajo?
Nuestra responsabilidad como región es procurar que cada vez más magallánicos puedan responder que sí.
Que el desarrollo también suba a bordo
Magallanes tiene una relación histórica con el mar.
Nuestra geografía, nuestras ciudades, nuestra conectividad y buena parte de nuestra actividad económica dependen de él.
Ahora tenemos frente a nosotros una nueva etapa.
Hidrógeno verde, acuicultura, turismo de expedición, actividad antártica, transporte marítimo y nuevos proyectos logísticos pueden generar importantes oportunidades durante las próximas décadas.
Pero no deberíamos conformarnos con ser solamente el territorio donde esas industrias se instalen.
Debemos aspirar también a formar a las personas que las operarán.
Por eso, cuando escuchemos que un nuevo proyecto de cientos o miles de millones de dólares llegará a Magallanes, además de celebrar la inversión, deberíamos hacernos una pregunta:
¿Qué tenemos que hacer hoy para que nuestros jóvenes y trabajadores puedan participar profesionalmente de ese proyecto mañana?
La respuesta probablemente no depende de una sola institución.
Depende de nuestra capacidad para articular educación, formación marítima, empresas, autoridades y políticas públicas.
Tenemos establecimientos educacionales.
Tenemos jóvenes y trabajadores que quieren nuevas oportunidades.
Tenemos empresas que necesitarán especialistas.
Tenemos instituciones capaces de entregar formación marítima.
Y tenemos un territorio cuyo futuro seguirá inevitablemente ligado al mar.
La oportunidad está frente a nosotros.
Ahora debemos construir el camino para que nuestra gente pueda abordarla.
Porque el desarrollo marítimo de Magallanes no debería solamente ocurrir frente a nuestras costas. También debería generar oportunidades para quienes vivimos en ellas.
Por Carlos Severino Godoy, capitán de Marina Mercante, director ejecutivo de OTEC SKOLE SpA, columnista.
