Cualquiera que se haya asomado alguna vez a una quebrada conoce el juego: uno grita fuerte y el cerro responde. La primera vez produce una extraña sensación de compañía, porque alguien allá lejos dice exactamente lo mismo que uno, con el mismo tono y la misma convicción. Después se entiende el truco: allá no hay nadie. Es nuestra propia voz rebotando contra la roca. Hoy millones de personas viven todo el día frente a ese cerro, con una diferencia importante: nadie les ha explicado el truco. Se llama cámara de eco, y está cambiando la forma en que los chilenos —de todas las edades, profesiones y colores políticos— entendemos la realidad.
Una cámara de eco es un entorno, digital o mediático, donde una persona recibe casi exclusivamente información, opiniones y puntos de vista que confirman lo que ya piensa. No es un lugar físico. Es una pieza invisible construida con los grupos de WhatsApp en los que participamos, las cuentas que seguimos, los medios que preferimos y, cada vez más, con un algoritmo que decide por nosotros qué vale la pena mirar.
En Punta Arenas el fenómeno tiene rostro conocido. Es habitual que un vecino llegue a una reunión de junta de vecinos, o le escriba a un concejal, convencido de que “todo el mundo” está en contra de tal proyecto o de que “nadie” quiere tal cambio. Cuando uno pregunta de dónde sale ese “todo el mundo”, la respuesta suele ser un grupo de Facebook de la ciudad o el chat de apoderados del curso. No está mintiendo: lo cree de verdad, porque en su pantalla no ha aparecido nadie que piense distinto. En una ciudad donde nos conocemos y donde buena parte de la conversación pública se mudó a las redes, esto no es un problema de Santiago ni de Silicon Valley. Es un problema de nuestra convivencia diaria.
Cómo funciona: tres engranajes
El primer engranaje somos nosotros mismos. La psicología lo llama sesgo de confirmación: buscamos, recordamos y creemos con más facilidad aquello que confirma lo que ya pensamos, y desconfiamos de lo que nos incomoda. A eso se suma que preferimos rodearnos de gente parecida a nosotros. Nadie sigue en redes a quien lo irrita: bloqueamos, silenciamos, nos salimos del grupo. Cada gesto parece inofensivo, pero cada uno levanta un poco más la pared.
El segundo engranaje es el algoritmo. Las plataformas no ganan dinero informándonos, sino reteniéndonos: cada minuto frente a la pantalla es publicidad vendida. Para lograrlo, registran qué miramos, qué compartimos y en qué video nos detenemos un segundo más, y nos ofrecen más de lo mismo. El activista estadounidense Eli Pariser bautizó esto en 2011 como “burbuja de filtros”. Un ejemplo sencillo: imaginemos a Pedro y María, vecinos de la misma población, que estrenan teléfono el mismo día. Pedro se detiene en un par de videos sobre delincuencia; María, en uno sobre los glaciares de la Patagonia. Una semana después, la pantalla de Pedro está llena de asaltos, encerronas y cámaras de seguridad; la de María, de deshielos, incendios forestales y crisis climática. Ninguno vio una sola noticia falsa. Pero si se juntan a conversar, sentirán que viven en países distintos, y cada uno pensará que el otro está mal informado.
El tercer engranaje es la amplificación. Dentro de una cámara de eco no solo recibimos ideas parecidas: recibimos también la aprobación de los demás. Likes, reacciones, “¡exacto!”, “¡por fin alguien lo dice!”. Así se produce lo que los investigadores llaman “ilusión de mayoría”: la sensación de que lo que se repite en mi entorno es lo que piensa el país. Es el efecto del cerro: gritamos una idea, la escuchamos volver multiplicada y confundimos el rebote con el respaldo.
No es cosa de “los otros”
Sería cómodo pensar que esto solo le pasa al tío que reenvía cadenas o al adolescente atrapado en TikTok. No es así. Las cámaras de eco atraviesan todos los niveles sociales: el profesional que solo lee a columnistas con los que está de acuerdo, el periodista que toma el pulso del país en X, el académico rodeado de colegas que votan igual que él, el dirigente político que confunde los aplausos de su militancia con el sentir ciudadano. Nadie es inmune; la diferencia es que algunos tienen más tribuna para amplificar su eco. Según el Digital News Report 2025 del Instituto Reuters de la Universidad de Oxford, en Chile el 40% de las personas usa Facebook para informarse, el 26% WhatsApp y el 23% TikTok, mientras que la confianza en las noticias llega apenas al 36%.
Hay un dato que muestra cómo el eco deforma incluso la percepción de lo cotidiano. En la Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC) 2024, el 87,7% de las personas cree que la delincuencia aumentó en el país; el 74,5% cree que aumentó en su comuna, pero solo el 50,8% percibe que aumentó en su propio barrio. Mientras más cerca está lo que podemos ver con nuestros propios ojos, menor es la alarma; mientras más depende de lo que nos cuentan pantallas, cadenas y matinales, más crece el miedo. No se trata de negar la inseguridad: la misma encuesta muestra que el 8,5% de los hogares fue víctima de un delito violento en el último año, y eso exige respuestas serias. Pero la distancia entre lo que vivimos y lo que creemos que ocurre es, en buena parte, el sonido del eco.
El caso chileno: dos plebiscitos, dos ecos
Chile vivió quizás el ejemplo más claro de este fenómeno, y lo vivió dos veces, en sentido contrario. En octubre de 2020, en el plebiscito de entrada, los defensores del Rechazo lograron una presencia muy visible en Twitter. Un estudio publicado en la revista Cuadernos.info por un equipo encabezado por el investigador Pedro Santander concluyó que esa campaña, exitosa en volumen, se movía en redes cerradas sobre sí mismas que construyeron una “ilusión de mayoría”. El resultado en las urnas fue otro: el Apruebo ganó con el 78,27% de los votos.
Dos años después, la historia se dio vuelta. Entre junio y agosto de 2022, un análisis de la agencia Neuronal sobre Twitter, Instagram y YouTube encontró que apenas un 10% de las conversaciones aludía al Rechazo. Muchos de quienes apoyaban la propuesta de nueva Constitución veían en sus pantallas un país convencido. El 4 de septiembre, con voto obligatorio y más de 13 millones de personas en las urnas, el Rechazo se impuso con cerca del 62% a nivel nacional y con casi un 60% en Magallanes. La sorpresa de esa noche, en tantas casas y comandos, fue el ruido de un eco que se rompe: el momento en que la realidad de todos se impuso sobre la realidad de cada burbuja.
La lección no es partidista. El eco engañó a unos en 2020 y a otros en 2022. Lo que demuestra es que ningún sector está a salvo de confundir su pantalla con el país.
Los peligros: cuando el eco reemplaza a la conversación
El primer peligro es la polarización. Cuando los grupos dejan de escucharse, el adversario pasa de ser alguien que piensa distinto a alguien incomprensible, y de ahí a “enemigo” hay un paso muy corto.
El segundo es la desinformación. El estudio más citado sobre el tema, publicado en la revista Science en 2018 por investigadores del MIT, analizó unas 126 mil cadenas de difusión en Twitter entre 2006 y 2017. Las noticias falsas tenían un 70% más de probabilidades de ser compartidas que las verdaderas y llegaban a 1.500 personas unas seis veces más rápido. Lo más inquietante: al quitar los bots del análisis, el resultado no cambiaba. La mentira viaja más rápido porque somos las personas quienes la compartimos, y dentro de una cámara de eco nadie levanta la mano para decir “esto no es cierto”.
El tercero es la pérdida del pensamiento crítico. Cuando todo lo que leemos nos da la razón, el músculo de la duda se atrofia. Como profesor y psicopedagogo sé que aprender es, en el fondo, incomodarse: enfrentarse a algo que no calza con lo que uno creía saber. Una cámara de eco es lo contrario de una sala de clases: un lugar donde nunca nos equivocamos y, por lo mismo, nunca aprendemos.
Y hay un cuarto peligro, muy concreto para quienes ejercemos un cargo público: si las autoridades deciden según el volumen de lo que escuchan en sus redes, terminan gobernando para el grupo más ruidoso y no para la mayoría silenciosa que no comenta ni reacciona, pero que existe y también paga las consecuencias.
¿Estamos exagerando?
Conviene ser honestos: no todos vivimos encerrados. Un estudio del Laboratorio de Encuestas y Análisis Social de la Universidad Adolfo Ibáñez, realizado en 2022 con un panel de mil personas, concluyó que la mayoría de los chilenos no vive en cámaras de eco completas y que existe cierto consumo de información contraria a las propias preferencias. Más aún, un experimento de la Universidad de Duke, publicado en 2018, mostró que exponer a usuarios de Twitter a mensajes del bando contrario no los moderó: a algunos los volvió más extremos.
Lejos de desmentir el problema, ambos hallazgos ayudan a entenderlo. El daño no requiere que todos estemos encerrados: basta con que los grupos más activos y ruidosos lo estén para que definan qué parece “normal” para el resto. Y si bombardear a alguien con la opinión contraria no funciona, es porque la salida no está en cambiar un eco por otro, sino en recuperar lo que ninguna pantalla reemplaza: la conversación cara a cara con alguien que piensa distinto y a quien, aun así, respetamos.
Eso tiene traducciones prácticas. En la escuela, enseñar cómo funciona un algoritmo con la misma seriedad con que enseñamos a leer un mapa: la alfabetización mediática ya no es un taller optativo, es una competencia ciudadana básica. En lo personal, seguir deliberadamente a alguien serio que piense distinto, desconfiar de lo que nos indigna demasiado rápido y preguntarnos, antes de afirmar que “todos piensan así”, quién no está en nuestro grupo. Y en lo comunitario, fortalecer los espacios presenciales —juntas de vecinos, consejos escolares, cabildos— donde una ciudad del tamaño de Punta Arenas todavía tiene una ventaja que las grandes urbes perdieron: podemos mirarnos a la cara.
El cerro nunca nos va a contradecir; esa es su gracia y también su trampa. Solo otra persona —un vecino, una colega, alguien que votó distinto— puede respondernos algo que no dijimos primero. Tal vez el desafío de esta época sea justamente ese: dejar de gritarle al cerro y volver a conversar con quien tenemos al lado. Porque una sociedad que solo escucha su propio eco no está más informada. Está, simplemente, más sola.
Por Jonathan Cárcamo Gómez, columnista, concejal de Punta Arenas, profesor diferencial y psicopedagogo
