Imagino que, cansados de tanta promesa incumplida, de tanta podredumbre, de tanto robo descarnado, de tanta asquerosidad política, la gente opta por alternativas que a la larga resultan nefastas, en exceso ideologizadas, alternativas en que el bien común no existe, ideas en que se privilegia el vasallaje, tendencias políticas y religiosas que anulan tu capacidad de análisis y te convierten en parte de un rebaño que, anulando tu voluntad, te imponen un ideario (algo así como tablas de la ley para algunos) que adhieren ciegamente no importando si en el camino queda pisoteada la verdad, la justicia, la tolerancia, el respeto por la diversidad o algo tan simpe como la bondad…
Ese ideario se convierte en dogma, es decir, una verdad incuestionable que debes aceptar, hacer tuya para que conduzca tu camino por la vida y cuando ese dogma se convierte en fanatismo ciego, todo aquél que no piense como yo ni recite los preceptos que me han inculcado, es mi enemigo, tengo que anularlo, hacerlo callar, humillarlo, denostarlo, insultarlo y de ahí a exterminarlo existe poco andar…
“Si matas a uno, puedes matar a 10; si matas a 10, lo puedes hacer con 100; si matas a 100, puedes llegar al millar y si matas a mil, puedes hacerlo con un millón”.
Oculta en esta lógica, va el concepto de ausencia de pecado que te lleva a cometer atrocidades sin el menor remordimiento.
Pero, todo empieza antes, el derrumbe de la moralidad (es decir el conjunto de principios que regulan una sociedad) y la ética (el modo cómo pones en práctica dichos principios), comienza con la fabulación infantil, esa época en donde la frontera entre realidad y ficción se vuelve confusa, -en ningún caso patológica-, en donde de a poco nos vamos acomodando a lo de la “mentira blanca”, a la “mentira piadosa” (como si la mentira tuviese algo de piedad), a la “mentira inocente” y el entorno te la acepta, te la deja pasar…y, sin darte cuenta, vas criando a un mentiroso, vas modelando al “vivo”, al de la “chispeza”, a ése que ve en la mentira y el engaño una forma de pensar, convivir y existir. O sea, hacen de la mentira una ideología; convierten el insulto y la descalificación en un accionar sistemático; tergiversan la verdad, la disfrazan, se atreven a tanto que, incluso, tergiversan la historia, fabulan sin decoro acerca del pasado y lo presentan a su modo, un modo totalmente alejado de la veracidad de los hechos.
Si el cuento de Pinocho se hiciera verdad, hay varios que tendrían una nariz enorme (y de nariz grande sé), pero aun cuando todos viesen la enormidad del apéndice nasal, se harían los huevones sin asco alguno.
Porque si la mentira tiene algo, es que no tiene límites, no sabe de fronteras y el horizonte es otra mentira, y otra y otra…
Cuesta aceptar que autoridades mientan sin tapujo frente a todo un país y esto, que no es una opinión, es fácilmente comprobable cuando las redes sociales te traen declaraciones incendiarias del pasado, verdaderos manifiestos acerca del orden, seguridad, protección social dignidad, defender a los más necesitados y etc., etc., etc. (insisto: no es una opinión es cuestión de darse el trabajo de indagar, nada más que eso).
¿Cómo puedes mentir con tal desparpajo y levantarte cada mañana para rezar al dios de tus creencias cuando sabes que faltas al octavo mandamiento ese que dice “no mentirás”?
¿En serio crees que con una plegaria se te absuelve del horror de tus mentiras y falsedades?
Y usted, sí, usted: ¿hasta cuándo va a aceptar, tolerar y avalar a un mitómano? ¿No tiene la suficiente evidencia que todo lo prometido fue de una falsedad total? ¿Cómo fuimos capaces de aceptar y confiar en estos monstruos del engaño?
Entiendo, pero me cuesta aceptar, que hayamos caído en la estupidez de seguir, como las ratas al flautista, a estos mitómanos compulsivos.
No nos merecemos tanto “castigo” (reemplace la primera letra por K)…¿O sí lo merecemos?
Para todos, como siempre, un abrazo.
P.S. (post scriptum): menos para estas bestias de la mentira
Por Luis Legaza Soto, columnista.
