En política territorial existe una máxima ineludible que señala que las autoridades regionales deben actuar como sintonizadores del gobierno central con los dolores locales. Sin embargo, en Magallanes, parte del elenco desplegado por la administración de José Antonio Kast parece operar en sentido exactamente contrario. Convertidos en verdaderos salvavidas de plomo, un grupo de autoridades está arrastrando al gabinete regional hacia la irrelevancia, la polémica estéril y el rechazo ciudadano.
La falta de densidad política, el desconocimiento llano de la cultura e identidad magallánica, la incapacidad de comunicarse en la era digital y la tozudez ideológica dibujan un cuadro crítico de un Ejecutivo local sin relato, cerrado al diálogo, atemorizado frente a la prensa y volcado únicamente a recibir instrucciones desde Santiago sin procesar el impacto de sus actos en la zona.
Por estos días, por ejemplo, si hay un rostro que condensa la desconexión y la falta de empatía es el Seremi de Hacienda, Manuel José Correa, cuyas intervenciones parecen diseñadas para generar conflicto. Calificar a Magallanes como un Ferrari o sostener que el presupuesto 2027 convierte a la zona en la más privilegiada de Chile no solo resulta deshonesto, sino técnicamente falso, tal como lo han explicado detalladamente expertos locales y el propio Gobernador Regional. Cada vez que Correa habla desata una tormenta política por su mirada extrema y ajena al sentir popular, consolidándose como la figura más lejana y resistida del gabinete.
Un aislamiento similar se vive en Última Esperanza con el delegado Líber Lazo, quien tras su profundamente desafortunada declaración respecto al fallecimiento de un joven en la provincia quedó fulminado políticamente. Su respuesta fue la desaparición del mapa comunicacional, transformándose en un actor ausente que continúa en el cargo únicamente por la tozudez de su partido, dejando a Natales sin una vocería a la altura.
A esta falta de peso en el territorio se suma una profunda desconexión con los tiempos actuales. La gestión del Seremi de Educación, José Raúl Alvarado, ha defraudado incluso al propio oficialismo al mostrarse como una autoridad desfasada, que no entiende la comunicación digital y cuyo relato se reduce a fotos esporádicas en medios tradicionales tras un arranque de gestión muy cuestionado. Por su parte, el Seremi de Gobierno y vocero, Ángel Roa, tropieza sistemáticamente en su intento por posicionar una agenda pública debido a la falta absoluta de identidad magallánica en sus mensajes. Con asesorías que parecen redactadas en un escritorio capitalino por gente que desconoce las costumbres locales, el discurso de Roa suena artificial y provoca continuos cortocircuitos con varios de sus propios compañeros de gabinete.
El área de seguridad tampoco escapa al desencanto generalizado. Quienes esperaban un manejo impecable del Seremi de Seguridad, Ronald López, por su pasado en las Fuerzas Armadas, terminaron presenciando un severo bochorno comunicacional tras el traslado a Punta Arenas de un peligroso imputado por sicariato y secuestro a un penal sin las condiciones requeridas. López le bajó el perfil al asunto de forma irresponsable, para luego quedar desautorizado y verse obligado a corregir la postura junto al propio ministro del ramo, dejando en evidencia su falta de talento para enfrentar crisis complejas.
La gestión institucional también se ha visto manchada por la imprudencia y la ambición personal. En la Seremía de Bienes Nacionales, Lorena Díaz acumula controversias por un empeño permanente de vender y privatizar terrenos e islas en Tierra del Fuego, actuando sin autorizaciones y saltándose los procedimientos legales correspondientes, según se ha dado a conocer. En tanto, la Seremi de Desarrollo Social, Jennifer Rojas, parece seguir atrapada en el recuerdo de su paso como delegada durante el gobierno de Sebastián Piñera. Su labor se ha reducido a videos asistencialistas para mostrar ayuda, con críticas desde su propio sector acerca de su desempeño y su cercanía política con el diputado Riquelme, y según ha trascendido a su abierta aspiración de repetirse el plato en la Delegación Regional.
El diagnóstico que cruza a la región es nítido: en Magallanes no hay relato gubernamental. La ciudadanía se agotó de la arrogancia, la incapacidad para dialogar y el desfile de autoridades que rehúsan ir a los medios a dar explicaciones cara a cara.
Mantener a seremis que solo acatan minutas traídas en avión, sin arraigo territorial ni solidez técnica, liquida la credibilidad de la administración central en el extremo sur. Si el Gobierno pretende recuperar el rumbo, la salida de los perfiles dogmáticos y la renovación por actores que entiendan la cultura austral dejó de ser una opción técnica para convertirse en una urgencia política impostergable.
