Cualquiera que haya hecho de copiloto el viaje entre Punta Arenas y Puerto Natales conoce la sensación. Después de varias vueltas mirando por la ventana, uno cree saberse la ruta de memoria: la recta que no termina, la parada en Villa Tehuelches, el primer reflejo del Seno Última Esperanza. Pero basta que una noche de viento y escarcha le pasen el volante para descubrir que no sabía tanto. Reconocía el paisaje, no el camino. Entre haber visto una ruta y saber recorrerla hay una distancia enorme, y esa distancia es hoy uno de los problemas más serios —y menos conversados— de la educación superior chilena.

Lo que reveló un experimento

Investigadores del Centro Nacional de Inteligencia Artificial (Cenia) y del Centro de Investigación Avanzada en Educación (CIAE) de la Universidad de Chile estudiaron a 102 estudiantes universitarios frente a cuatro preguntas cotidianas: por qué existen los años bisiestos, cómo se fabrica el vidrio, cómo funcionan los cierres y por qué la Luna tiene fases. Un grupo aprendió conversando con ChatGPT; otro leyó exactamente los mismos textos generados por el chatbot, pero sin saber de dónde venían; un tercero no recibió material.

Los resultados, difundidos a fines de septiembre, son incómodos. Quienes usaron ChatGPT fueron los que más sobreestimaron lo que sabían: creían poder explicar mucho más de lo que realmente lograron poner por escrito. Sus explicaciones obtuvieron 2,47 puntos en una escala de 1 a 4, frente a 2,75 del grupo que solo leyó los mismos contenidos. Y escribieron menos: 43,8 palabras en promedio, contra 59,6. La información era idéntica; lo único que cambió fue la experiencia de conversar con la máquina. Los investigadores lo llaman "ilusión de profundidad explicativa". Yo lo llamaría viajar de copiloto: el chatbot maneja, el estudiante mira pasar el conocimiento por la ventana y se baja convencido de que sabe el camino. Como resumió el académico Ernesto Guerra, "tener acceso a una buena explicación no significa necesariamente haber incorporado ese conocimiento".

Una universidad que va detrás del volante

El problema no es marginal. Una encuesta de Cadem e Instructure, aplicada en julio de este año a 340 estudiantes y 148 docentes universitarios, muestra que el 79% de los estudiantes usa IA generativa al menos una vez por semana para sus estudios, y que el 76% de los profesores hace lo mismo en su trabajo docente. Hasta ahí, nada sorprendente. Lo preocupante viene después: apenas el 18% de los estudiantes participó en alguna capacitación sobre IA ofrecida por su institución en el último año, solo el 45% se siente preparado para usarla bien y únicamente el 22% de los estudiantes —y el 15% de los docentes— tiene claridad sobre las reglas de uso en su propia universidad. No es casual que el 71% de los alumnos y el 80% de los académicos crean que las instituciones avanzan más lento de lo que deberían.

Dicho en simple: entregamos las llaves del auto sin licencia de conducir y sin señalética en la carretera. Ya en 2023 la UNESCO advertía que menos del 10% de más de 450 escuelas y universidades encuestadas tenía orientaciones formales sobre IA generativa. Tres años después, la claridad sigue siendo un privilegio de minorías. Y lo más revelador es que los propios actores lo intuyen: el 72% de los estudiantes y el 89% de los docentes temen que la IA erosione el pensamiento crítico. Saben que algo se está perdiendo en el trayecto, aunque nadie les haya enseñado a evitarlo.

La brecha que no aparece en el tablero

Como profesor diferencial, hay un dato de esa misma encuesta que no puedo pasar por alto. La familiaridad con la IA generativa llega al 87% en estudiantes del segmento C1, pero cae al 66% en los grupos C3 y D. Es de 82% entre los hombres y de 66% entre las mujeres. Y baja del 78% entre los jóvenes de 18 a 24 años al 65% entre quienes tienen de 25 a 30. Es decir, la herramienta llega primero y mejor a quienes ya partían con ventaja.

Esto debiera encender alarmas en Magallanes. En las salas de la UMAG, del CFT Estatal, de INACAP o de Santo Tomás estudian trabajadores que llegan después de la jornada, madres y padres que retoman estudios, adultos que vuelven a la educación superior después de años fuera de ella. Si la IA entra a esas aulas sin formación ni reglas claras, el estudiante con más capital cultural la usará como un buen copiloto, y el que más necesita apoyo terminará dependiendo de ella para llegar a destino. La misma tecnología que podría ser una rampa de acceso —para quien tiene dificultades de lectura, para quien estudia de noche, para quien no tiene a nadie en casa a quien preguntarle— puede transformarse en una nueva forma de desigualdad, más silenciosa que las anteriores.

¿Prohibir? Tampoco

Frente a estos datos, la tentación es volver a la prueba en papel y al celular confiscado en la entrada de la sala. Es comprensible, pero sería un error. Primero, porque es imposible: la IA ya está en el bolsillo de cada estudiante y en el escritorio de cada académico. Segundo, porque el propio experimento lo desmiente: el grupo que no recibió ningún material obtuvo el peor resultado de todos, 1,8 puntos. La información importa, y la IA puede entregarla con una rapidez y una claridad que antes no teníamos. El 70% de los estudiantes y el 75% de los docentes la ven, ante todo, como una oportunidad, y tres de cada cuatro profesores dicen que les ahorra tiempo cada semana. El problema no es el copiloto; es que nadie le está enseñando al estudiante a tomar el volante.

Pasar el volante

Lo que corresponde es aprender a usarla con intención pedagógica. Eso implica, primero, marcos de uso claros, construidos con estudiantes y docentes y no impuestos por decreto: el 91% de los alumnos pide que el uso de la IA sea transparente, y esa es una buena base para empezar. Implica también formación en IA desde el primer año, algo que respaldan el 61% de los estudiantes y el 78% de los docentes, y que no puede quedar como un taller optativo. Implica, sobre todo, cambiar lo que evaluamos: menos el producto terminado, que una máquina puede escribir en segundos, y más el proceso; pedir que el estudiante explique con sus palabras, defienda una idea en voz alta, reconstruya un razonamiento sin pantalla. Es decir, comprobar que sabe manejar y no solo que llegó.

En una región como la nuestra, donde la oferta de educación superior se concentra en pocas instituciones que se conocen entre sí, existe además una oportunidad que las grandes ciudades no tienen: ponernos de acuerdo. Una mesa regional entre universidades, CFT e institutos para definir criterios comunes, compartir capacitación docente y cuidar especialmente a los estudiantes con menos acceso no requiere grandes presupuestos. Requiere voluntad de no seguir mirando por la ventana.

El copiloto puede ser una gran compañía. Puede avisar de la curva, sugerir la ruta, advertir el hielo en el pavimento. Pero la educación superior existe para formar conductores, no pasajeros satisfechos. Si nuestros estudiantes se titulan habiendo visto pasar el conocimiento por la ventana, el día que la vida les entregue el volante —en una faena, en una sala de clases, en un box de urgencia— descubrirán que reconocían el paisaje, pero nunca aprendieron el camino.

Por Jonathan Cárcamo Gómez, concejal de Punta Arenas, profesor diferencial y psicopedagogo, columnista.