Hay una danza predecible que se repite administración tras administración en Chile, sin importar quién camine por los pasillos de La Moneda. Cuando Gabriel Boric enfrentaba caídas en las encuestas, la narrativa del oficialismo era tan tajante como repetitiva. La culpa era de los medios, de la élite empresarial o de una derecha «obstruccionista» empeñada en impedir los cambios. Hoy, bajo el mandato de José Antonio Kast, el guion simplemente cambió de actores. Ante la fricción desgastante de la coyuntura, la respuesta del sector al mando del país tiende a ser la misma: «es la izquierda que quiere destruir la gestión» o «es la izquierda que frena al país».
Si la encuesta marca una caída en la aprobación y ronda apenas ese núcleo duro del 20% o 23%, la reacción no suele ser la autocrítica ni la revisión de las medidas de gobierno. Es la descalificación del instrumento. Si las cifras favorecen, son el fiel reflejo de la ciudadanía; si son adversas, son una operación política orquestada por el bando contrario.
El verdadero problema de este choque de trincheras es que ignora una evidencia aplastante, y que la política partidista y la militancia activa representan a una fracción mínima del país, apenas cercana al 3% de la población. Sin embargo, ese 3% (que en realidad es menos, 2,8%) captura el micrófono, impone las etiquetas y monopoliza el debate público.
En este escenario, quien exprese una crítica al gobierno de turno es inmediatamente catalogado como un militante del sector contrario. Si alguien cuestiona una medida económica o un «bencinazo», pasa a ser etiquetado como «comunacho». Si antes cuestionaba la gestión del gobierno anterior o expresaba dudas sobre el manejo institucional, era caratulado automáticamente como «facho». Esta lógica sectaria deja en una tierra de nadie a la inmensa mayoría de las y los chilenos. La ciudadanía real no vive dentro del dogma ideológico de una directiva partidaria. La mayoría del país es de una naturaleza pragmática y descomprometida de las ataduras partidistas. Puede valorar aspectos de orden, certeza jurídica o eficiencia en la gestión, típicamente asociados a discursos de centro-derecha o derecha; y valorar simultáneamente la protección social, la equidad o el rol del Estado en derechos fundamentales, ideas asociadas a la centro-izquierda o izquierda.
Esa «gran masa» no está compuesta por fanáticos ni militantes de trinchera. Está integrada por personas que votaron por una alternativa esperando soluciones y que hoy observan el panorama con inquietud, nerviosismo o desencanto. O por personas que prefirieron la otra opción pero que esperan, francamente, que al país le vaya bien.
Cuando un ciudadano que confió en un proyecto político expresa preocupación por la orientación de una medida —o por la falta de empatía y sensibilidad social en la toma de decisiones—, no lo hace para «derribar un gobierno». Lo hace desde el sentido común de quien habita el día a día.
El riesgo del momento actual es la consolidación de un relato sordo. Un esquema donde el poder habla para su propio 20% de convencidos y la oposición le responde a su propio núcleo duro, mientras en medio queda un 80% exhausto de la trinchera.
Atribuir las desaprobaciones a conspiraciones del adversario no solo es un argumento débil, si no que es una distorsión de la realidad. Las encuestas no caen ni suben únicamente por el sesgo del encuestador o la presión del sector económico o mediático. Mueven sus agujas cuando la ciudadanía percibe que las promesas no se traducen en mejoras tangibles para su calidad de vida.
Chile no se divide simplemente entre dos bandos irreconciliables de extremos políticos. La inmensa mayoría de la población está en el centro del sentido común, y exige eficacia sin perder humanidad, demanda seguridad y crecimiento sin renunciar al bienestar social, y rechaza que cada desacuerdo sea tratado como una traición a la patria.
Hasta que la política formal no logre escuchar a ese universo de chilenos que no milita ni pretende militar en los extremos, continuaremos atrapados en un sin fin de desilusiones sucesivas, donde el poder cambia de manos, pero el tono de la conversación permanece trágicamente idéntico.
Por Mauricio Vidal Guerra, periodista, director Zonazero.
