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Cooling break: un partido, dos hidrataciones y una cerveza bien fría (Por Claudio Andrade)

El cooling break ha llegado para espantar a los espíritus futboleros más tradicionales, y hay que admitir que tienen razón en sus argumentos. Esta pausa de hidratación quiebra el relato del juego; lo rompe. No importa si se trata de un pasaje de alta intensidad o de uno en el que no sucede absolutamente nada: los puntos suspensivos parten el material del cual está hecho el fútbol: paciencia y articulación.

La escena del juego es especialmente intrincada puesto que su guion se va elaborando pieza por pieza a medida que avanzan los minutos. Por este motivo, quienes aman este deporte son capaces de descubrir o apostar por secuencias futuras. Desde luego, el juego contradice incluso los pronósticos más objetivos, pero de eso se trata también el fútbol: de lo imprevisible.

En este marco, hasta ahora lo único que resultaba predecible era el descanso del entretiempo y el pitazo final, a menos que ocurriera algo realmente extraño. Como aquel día en que Christian Eriksen sufrió un paro cardíaco en la cancha y todo se detuvo.

Hay partidos más sucios que otros, más transparentes, más dinámicos; cualquier cosa puede acontecer en esos apretados 90 minutos más el descuento, y eso también contiene su propia lógica. Los fanáticos esperaban el entretiempo para ir al baño, profundizar en una discusión futbolera o pedir una pizza. Quién sabe.

Ahora, como en el básquetbol, el espectador tiene dos momentos extra para todo eso. ¿Beneficia esto al juego? A la fluidez, claro que no. Sin embargo, no estamos ante una cuestión exclusivamente deportiva.

Ya Maradona se había quejado de los horarios de los partidos en el Mundial del 86 y de sus consecuentes altas temperaturas. ¿Se habría molestado el ídolo por la instalación de estos novedosos cooling breaks? Tal vez no. De hecho, la pausa nació como una forma de combatir las consecuencias del calor ambiente. En teoría.

Una cosa lleva a la otra. Sumar dos capítulos más a la estructura del juego permite coordinar más posibilidades de comercialización. A esta altura, los entrenadores ya lo tienen anotado como parte de su estrategia. El break les sirve tanto en la gran pintura estratégica que diseñaron en el pizarrón del vestuario como a nivel exclusivamente táctico. Aquello que antes gritaban con desesperación desde el costado de la cancha, ahora pueden decírselo al oído a sus jugadores. En algún momento las cámaras captaban el sonido de las instrucciones, aunque eso ha ido cambiando por obvias cuestiones tácticas (para no avivar al rival).

Probablemente el cooling break no tenga nada que ver con el espíritu del fútbol. No obstante, hoy las macroaudiencias no están compuestas por fanáticos que conocen el juego en profundidad, sino por espectadores capaces de pagar una entrada bastante cara o una aplicación. Y ellos demandan su hot dog. Turistas del fútbol, si se quiere. Es lo que hay.

Esas generaciones, si todo esto continúa y si algún día los arcos llegan a ser más grandes, podrían llegar a exigir que jamás se eliminen los momentos de hidratación. ¿De qué otra manera podrían ir corriendo al refri a buscar más cerveza? (La misma que auspicia el cooling break, por cierto).