La política chilena ha cruzado una frontera invisible pero devastadora. La transición de la legítima discrepancia ideológica a la violencia verbal y la falta de prudencia y realidad en lo que se dice o promete como método de subsistencia. Hubo una época en que la mentira pública era un recurso vergonzante, un último refugio que conllevaba el temor al costo político y al desprecio ciudadano.
Hoy, sin embargo, presenciamos la consolidación de un fenómeno transversal donde el relato ficticio ya no se usa para matizar la realidad, sino para sustituirla por completo. En este escenario, la tentación de generalizar deja de ser un sesgo analítico para convertirse en una constatación rigurosa. La clase política, sin distinción de color ni doctrina, ha engendrado una forma de hacer poder donde la falsedad sistemática es el aire que se respira.
Si se examina el devenir de los últimos años, el hilo conductor de nuestras crisis no es solo económico o institucional, sino profundamente moral, marcado por una desconexión patológica con los hechos. El segundo gobierno de Sebastián Piñera inauguró esta fatiga democrática vendiendo una ilusión de oasis y tiempos mejores que implosionó en sus manos, obligando a su administración a inventar enemigos implacables y guerras de diseño para camuflar la pura y dura incompetencia política ante el estallido social.
Luego, la llegada de Gabriel Boric prometió una brújula moral distinta, una épica de la pureza juvenil que naufragó casi de inmediato en el oleaje de la realidad. Las convicciones más intransigentes de la víspera se transformaron, mediante piruetas retóricas diarias, en meros errores de diagnóstico, demostrando que el maximalismo discursivo era solo la fachada de un vacío de gestión alarmante.
La instalación del actual gobierno de José Antonio Kast no ha hecho más que perfeccionar este libreto, aunque desde la vereda opuesta. El escenario aquí adoptó la forma de la sobrepromesa mesiánica, la ilusión de que problemas estructurales y complejos como la seguridad y la economía se resolvían con la sola fuerza de la intransigencia y la autoridad. La realidad, siempre obstinada, ha terminado por desnudar que la pirotecnia de la campaña sirvió de sobremanera, dejando al descubierto que el voluntarismo de manual no soluciona las urgencias de la calle. Al final del día, el ciudadano asiste al mismo espectáculo con distintos actores... Promesas de refundación o restauración que se evaporan al primer choque con los hechos.
El verdadero peligro de esta "falta de realidad" institucionalizada es su carácter asociativo y autorreplicante. Es un virus que engendra su propia metástasis en el tejido social.
Cuando la falta de aceptación, o la poca cercanía con la verdad, se normaliza desde el poder, se destruye el piso mínimo sobre el cual se construye una democracia: La confianza en la palabra empeñada.
La clase política opera bajo la confusa premisa de que el electorado padece de amnesia crónica y que basta con cambiar el eslogan para salvar la semana o la próxima encuesta. Pero el daño que construyen es acumulativo y profundo. Al vaciar las palabras de contenido, han convertido el debate público en un teatro de sombras donde los ciudadanos ya no eligen proyectos de país, sino que simplemente deciden qué versión de lo ofrecido les parece menos ofensiva.
Y el costo de tanta ficción no será la derrota de un bando u otro, sino el quiebre definitivo de nuestra confianza en lo que hacen.