Los recientes hechos de violencia, amenazas y desórdenes públicos deben ser observados y abordados con la mayor seriedad. No pueden considerarse únicamente como episodios aislados, porque también pueden constituir señales tempranas de un deterioro del clima democrático que Chile no puede permitirse repetir.
Avisos de bombas, desórdenes callejeros y expresiones cotidianas de confrontación política preocupan precisamente porque, cuando se reiteran día a día, pueden anticipar un ambiente más profundo de inestabilidad.
Por ello, es legítimo preguntarse si estamos ante un alejamiento peligroso de los consensos básicos que sostienen nuestra convivencia democrática. Chile conoce, por experiencia propia, las consecuencias de permitir que la polarización avance hasta ocupar el centro de la vida pública. Nuestra historia contemporánea conserva momentos dolorosos, marcados por el desencuentro, la desconfianza y la incapacidad de reconocer al otro como un adversario legítimo.
Por eso, cuando el protagonismo público es ocupado por quienes parecen más interesados en la confrontación diaria que en la búsqueda de soluciones, corresponde encender una alerta cívica. Nada bueno puede surgir de un clima político y social en que la violencia, la amenaza o el desorden se transforman en herramientas para imponer posiciones. Ese camino solo conduce a un retroceso que ningún chileno bien intencionado desea.
La democracia requiere diferencias, debate y pluralismo, pero también exige límites claros: Como el respeto irrestricto a la institucionalidad; una Condena transversal de toda forma de violencia y también de expresar con claridad una Voluntad sincera de diálogo y construcción de acuerdos. La responsabilidad por este deterioro no pertenece a un solo sector. Tiene factores diversos y se alimenta desde distintas corrientes políticas ubicadas en los extremos del arco ideológico. Son esos extremos los que suelen encontrar utilidad en el clima polarizado, en los desencuentros permanentes y en la instalación del odio como lenguaje político. Mientras más se debilita el espacio común, más crecen los referentes que viven de la división. Lo más preocupante es que quienes, aun siendo mayoría, desean el desarrollo del país en democracia, con paz social y respeto mutuo, parecen ir alejándose del escenario público.
Muchas veces observan con cansancio, frustración o temor cómo las voces más estridentes ocupan los espacios de discusión, dejando la sensación de que la moderación ha perdido fuerza frente a los gérmenes del odio y el desencuentro. Recuperar los consensos no significa negar las diferencias ni silenciar las demandas legítimas. Significa comprender que un país no puede avanzar si convierte cada conflicto en una batalla definitiva y cada discrepancia en una amenaza existencial.
Chile necesita reencontrarse con una cultura democrática capaz de debatir con firmeza, pero sin destruir los puentes que permiten convivir. La tarea, entonces, es volver a poner en el centro a quienes creen en la democracia, en el diálogo y en el desarrollo del país. No se trata de ingenuidad ni de debilidad, sino de responsabilidad histórica. Cuando los extremos imponen el tono, la democracia se perjudica, la convivencia se erosiona y el país entero corre el riesgo de retroceder hacia capítulos que nadie debiera querer repetir.
Pero aunque resulto triste y doloroso reconocerlo, no faltan quienes parecen dispuestos a reabrir heridas asociadas a la historia trágica de 1973. Precisamente por eso, la defensa de la democracia, la paz social y el respeto mutuo debe ser una tarea permanente y compartida.