No era un día cualquiera, porque se cumplían exactamente 40 años de la mítica victoria de Argentina ante Inglaterra en el Mundial de 1986, aquella tarde eterna en la que Diego Armando Maradona vengó la derrota de las Malvinas firmando el mejor gol de la historia y el inolvidable tanto con la "mano de Dios". Y tampoco se trataba de un escenario cualquiera. En Dallas, en el ya lejano 1994, a Diego le «cortaron» las piernas cuando, en pleno partido contra Grecia, una enfermera lo retiró del campo tras dar positivo en un control antidopaje. En una fecha tan señalada y en un lugar con tanta historia acumulada, apareció Lionel Messi con el mismo «10» a la espalda para ajustar cuentas con el destino.
El astro de Rosario firmó un doblete providencial ante Austria que le permite dejar atrás al alemán Miroslav Klose en la lista de realizadores históricos de las Copas del Mundo, alcanzando los 18 tantos, y dispararse en la tabla del Pichichi de esta edición de 2026. No le hizo falta a Leo completar un partido soberbio para sumar otros dos goles a su cuenta personal o, lo que es lo mismo, asumir la totalidad de los tantos marcados por su selección en estos dos primeros encuentros del torneo, sumando un total de cinco. Los demás corren por él; Messi camina sobre el césped, dosificándose a pocas horas de cumplir los 38 años de edad, hasta que decide cuándo es el momento exacto de acelerar. Son fogonazos letales, los de toda la vida.
Los rivales lo saben perfectamente: si el capitán llega al área con espacio, va a teledirigir el balón a la escuadra o abajo, bien pegado al palo.
Y eso fue precisamente lo que hizo para abrir el marcador tras una notable jugada colectiva de la albiceleste. Todo lo inició Thiago Almada abriendo a la banda izquierda para la subida del lateral Facundo Medina, quien metió un centro preciso al punto de penalti. Almada, con gran inteligencia táctica, abrió las piernas para dejar pasar el esférico y ahí apareció Messi para conectar con el interior de su bota izquierda y batir al guardameta Schlager, rubricando en ese instante su récord histórico.
Pudo haber llegado la consagración unos minutos antes desde los once metros, tras un penalti forzado por Lautaro Martínez que el VAR ratificó luego de una falta de Posch. Sin embargo, el portero austríaco aguantó de pie más de lo esperado y obligó a Leo a ajustar tanto el disparo que terminó mandándolo fuera. Como si el guion estuviera escrito para añadir épica, prefirió la jugada colectiva a la pena máxima.
Tras una primera mitad dominada por el genio de Rosario, la segunda parte mostró una cara distinta. Austria adelantó líneas, tuvo más presencia en el área contraria y no dejó pensar a la albiceleste. Marcel Sabitzer probó por fin los guantes del Dibu Martínez con un peligroso lanzamiento de falta, sumándose a la gran ocasión que ya había tenido en el primer tiempo. A balón parado, los europeos tuvieron opciones claras para empatar el encuentro frente a una Argentina que se defendió bien en bloque bajo.
Pero cuando Austria más apretaba y el partido estaba volcado, reapareció el genio en el tramo final para ampliar su cuento de hadas. Messi condujo un contragolpe con absoluta calma, esperando la llegada de Julián Álvarez; el delantero del Atlético de Madrid remató, pero su disparo fue rechazado por la defensa. El balón derivó en Leandro Paredes, quien asistió de inmediato a Messi. Tras un rebote y un control algo extraño, el '10' definió con éxito al segundo intento, mostrando la ambición intacta de un juvenil. No fue la mejor versión colectiva de Argentina, pero demostró que tiene un factor inagotable: un Messi que nunca se acaba.