Una invasión silenciosa [Por Juan Marcos Henríquez]
La invasión de ratones en Punta Arenas ya no es una anécdota de barrio que se registra en redes sociales, es una realidad cotidiana y masiva, con característica de plaga, que expone fallas de política pública y hábitos urbanos difíciles de erradicar. Estos pequeños mamíferos prosperan donde encuentran alimento, refugio y continuidad de hábitat. En nuestra ciudad eso se traduce en microbasurales, contenedores mal cerrados, viviendas abandonadas o con grietas sin reparar, sitios eriazos, autos abandonados en calles y patios, y una red de infraestructura subterránea y aérea que facilita su movilidad. El problema no es nuevo, pero por un lado se estigmatiza con pobreza, lo cual la silencia y oculta, y por otro, se tiende a normalizar, y esa normalización es la parte más gravitante del problema y que la convierte en una invasión silenciosa.
La responsabilidad legal recae en municipalidades, Ministerio de Salud y servicios locales, con mandatos y protocolos que sobre el papel parecen suficientes. La práctica muestra otra cosa: dispersión de funciones, recursos insuficientes y campañas reactivas que se anuncian con prensa y desaparecen sin seguimiento. El dinero se gasta en exterminios puntuales en vez de invertirse en prevención estructural, que es precisamente donde nacen las infestaciones. Mientras eso no cambie, el ciclo se repetirá.
Señalar solo al Estado es cómodo y parcial. La ciudad como conjunto tiene prácticas que favorecen a los roedores: vecinos que acumulan residuos en sus patios, comercios que no sellan sus desechos, viviendas que no realizan reparaciones básicas. Sin embargo, atribuir la plaga únicamente a las “malas costumbres” en ciertos barrios invisibiliza la responsabilidad compartida, aunque tampoco la exime. La convivencia urbana requiere normas, fiscalización y sanciones, pero también educación y apoyo técnico concreto para quienes no pueden costear los arreglos por sus propios medios.
La consecuencia más visible de todo esto es sanitaria. La presencia de roedores genera riesgo de zoonosis, contaminación de alimentos y una sensación de abandono que afecta la calidad de vida. En pandemia, las redes sociales se llenaron de registros de roedores en calles y viviendas; ese llamado de alerta colectivo rara vez encontró respuesta oficial. Hoy su presencia en recintos públicos se denuncia con más frecuencia, pero sin que ello haya derivado en un cambio de enfoque institucional. La respuesta debe ser integral, sostenida y con participación comunitaria real.
Eso significa actuar simultáneamente sobre causas y síntomas: instalar contenedores cerrados y suficientes, sellar grietas en edificios públicos y viviendas sociales, retirar vehículos abandonados, cortar pastizales urbanos, eliminar microbasurales y fiscalizar bodegas y comercios. Las mesas locales con Juntas de Vecinos y servicios de salud no son un adorno participativo, deben ser el mecanismo para mapear focos, coordinar limpiezas y hacer seguimiento real. Las jornadas de erradicación de roedores en las poblaciones funcionaran cuando vayan acompañadas de apoyo técnico concreto: material aislante, reparación de muros, subsidios para contenedores en barrios vulnerables.
En lo técnico, el uso indiscriminado de raticidas anticoagulantes debe restringirse por su riesgo para mascotas y fauna urbana. Las trampas mecánicas, la exclusión física y el uso responsable de cebos aplicados por empresas certificadas o la asesoría técnica adecuada son alternativas que reducen daños colaterales y ofrecen resultados más duraderos cuando forman parte de un plan, no de una emergencia o erradicación puntual.
Punta Arenas puede revertir esta invasión silenciosa, pero no con fumigaciones puntuales. Los ratones se irán cuando dejemos de ofrecerles las condiciones que hoy los hacen proliferar. Eso exige presupuesto, coordinación intersectorial, voluntad política y un cambio cultural en el manejo del espacio urbano. En suma, que el Estado cumpla su rol y que los vecinos asuman una corresponsabilidad activa. Sin ambas cosas a la vez, solo estaremos administrando el problema y la invasión sigue invisible, pero proliferando.
Por Juan Marcos Henríquez, columnista.
