“Sugar” transcurre en Hollywood. A pesar del contexto, es la historia pulcra, austera, minimalista, de un investigador privado que se dedica a buscar gente en el radio de Los Angeles. Tiene recursos. La mayor parte del tiempo vive en una suerte de resort donde todo se le hace cómodo.
John Sugar es un fanático empedernido de primera clase del cine norteamericano. Ha visto todo el cine clásico y lo sigue viendo todo el tiempo sin parar mientras resuelve casos en una ciudad donde nacen y mueren las estrellas. Sus alternativas están atravesadas como un rayo por las proyecciones de ese cine del pasado, en blanco y negro, intenso aunque contenido.
Sugar sonríe poco, es fuerte, eficiente, parco, pero educado. Así va por la vida atravesando una maraña, una selva al estilo de los detectives imaginados por Chandler y Hammett. Su vida es tan simple como profundamente complicada. ¿Cómo es posible semejante contradicción? Sugar logra equilibrar los puntos que permanecen distantes.
La primera y la segunda temporada de esta formidable serie ya se encuentra en Apple TV. El producto final es un despliegue de elegancia y sentimiento cool, en el cuerpo y en el alma de una persona que tiene el corazón grande, que pretende ayudar, que sabe cómo hacerlo a pesar de las circunstancias.
Poco a poco nos vamos sintiendo cerca de John Sugar, como si su vínculo con la audiencia tuviera algo de amistad creciente. Incluso esperada. Sobre todas las cosas, Sugar es un buen tipo. Vestido de traje impecable, con el gesto de poker siempre listo.
Y a la vez...pues, Sugar es algo más que no puede avisarse en estas líneas. Ese algo más que lo hace humano demasiado humano porque es diferente.