Aunque aún falta tiempo para las próximas elecciones, la oposición al gobierno de José Kast no puede darse el lujo de esperar: si quiere volver a ser alternativa de gobierno en 2029, debe comenzar ahora a construir una coalición progresista amplia, seria y con vocación de mayoría.

Esa tarea exige más que declaraciones de buena voluntad; requiere abandonar la descalificación, actuar con realismo, practicar la generosidad política, reconocer errores propios y ofrecer al país una conducción capaz de enfrentar a un gobierno ideologizado, que debilita el Estado, favorece a los sectores más acomodados y reduce derechos sociales para los ciudadanos más modestos. Por ello, la estrategia opositora no puede seguir postergándose bajo la ilusión de que las primarias o los acuerdos electorales de último minuto resolverán lo que hoy falta construir. Si no se ordenan prioridades, no se define una conducción compartida y no se establece una arquitectura común, el poder económico instalado en el gobierno tendrá el camino despejado para consolidar sus avances desde el Parlamento, con el apoyo de sectores que ya han optado por intereses particulares antes que por un proyecto democrático común.

La experiencia reciente demuestra que la improvisación, la soberbia y el cálculo pequeño pueden abrirle la puerta a una derecha extrema decidida a desmontar avances sociales, políticos, económicos y culturales. Sin una ingeniería electoral común, acordada por todos los referentes de la oposición, el fracaso dejará de ser una advertencia y pasará a ser una consecuencia previsible. Si los partidos opositores vuelven a privilegiar sus cuotas de poder por encima de un proyecto común, facilitarán la permanencia de esta coalición en el poder y terminarán por frustrar las expectativas de avanzar hacia una sociedad más justa para las grandes mayorías. La tarea no es sencilla: implica renunciar a aspiraciones legítimas, compartir espacios de poder, condenar con decisión y eficacia cualquier atisbo de corrupción y aceptar que nadie tiene la llave de la victoria.

También será necesario integrar liderazgos capaces de hablar no solo a los convencidos, sino a quienes hoy observan la política con distancia y desconfianza. Una coalición democrática y amplia debe reconocer esas voces y convertirlas en fuerza común. La ciudadanía necesita certezas, propuestas y acciones concretas. La política exige organización, proyecto y conducción; precisamente aquello que la oposición solo podrá recuperar si transforma una conversación honesta, generosa y realista en decisiones verificables. Para no repetir la última derrota, resulta indispensable aprender de ella. La descalificación contra Jeannette Jara, especialmente por su militancia comunista, pesó de manera decisiva en el resultado. Ese dato no puede ser ignorado por quienes pretendan construir el próximo ciclo político.

Hoy varios liderazgos opositores provienen de una izquierda más ideológica. La pregunta es inevitable: ¿cómo enfrentará la oposición una descalificación que volverá a instalarse en campaña? ¿Se volverá a arriesgar una elección por no anticipar la estrategia del adversario? Para construir una alternativa ganadora, no es posible excluir al socialismo democrático ni a una parte del centro moderado, sectores gravitantes en cualquier definición electoral seria. Sin ellos, el riesgo de repetir la derrota no solo aumenta: se vuelve políticamente evidente. Estos dilemas deben enfrentarse ahora, no cuando la campaña ya esté encima. Las elecciones municipales y regionales serán una prueba decisiva, y para enfrentarlas unidos se requerirá templanza, realismo, valentía y generosidad. Chile necesita un conglomerado amplio, democrático y respetuoso, capaz de comprender que la política no puede reducirse a proyectos personales, aventuras solitarias ni testimonios destinados al aplauso de los propios.

Si esa construcción no ocurre, la historia será severa con quienes prefirieron la comodidad de sus trincheras. En los momentos decisivos no bastan las convicciones: se necesita inteligencia política para transformarlas en mayoría, en gobierno y en esperanza concreta.

Tampoco conviene olvidar a quienes, bajo consignas como: “Ni fachos, ni Comunachos”, terminaron facilitando el avance de la derecha extrema y abrazándose con ellos. Esa lección debe incorporarse ahora a una estrategia seria, amplia y responsable, antes de que la oposición vuelva a llegar tarde a su propio desafío histórico.

Miguel Sierpe Gallardo, columnista.