Expresarse con firmeza no significa caer en la violencia verbal ni en la ofensa. Al abordar la relación entre Chile y Argentina, especialmente en temas históricos, territoriales y culturales, creo necesario defender las convicciones propias con claridad, pero también con respeto y sentido de responsabilidad. Hablar desde ese equilibrio también tiene para mí una dimensión personal.

Soy descendiente de una abuela argentina; tengo un hermano nacionalizado argentino, además de sobrinos y sobrinos nietos nacidos en la República Argentina. Por eso, me considero parte de los miles de chilenos y argentinos unidos por lazos familiares, culturales y afectivos con nuestros vecinos. Desde mi punto de vista, la relación entre Chile y Argentina ha estado marcada por una cercanía profunda, pero también por episodios limítrofes que han generado desconfianza.

No pretendo transformarme en juez de la historia ni revisar en detalle las razones por las cuales se cedieron determinados territorios en la Patagonia, especialmente considerando que Chile venía saliendo de conflictos complejos y enfrentaba dificultades económicas importantes provocadas por la Guerra del Pacífico (1879-1884). La integración entre ambos pueblos es evidente.

En distintas zonas del sur de Chile se observan costumbres, vestimentas, música y expresiones asociadas a la cultura argentina, sin que ello sea visto como una traición a lo propio. Al contrario, refleja una convivencia histórica que ha sido natural para muchas familias y comunidades. El problema surge cuando ciertas declaraciones, acciones o decisiones institucionales generan tensiones innecesarias.

En especial, algunos episodios protagonizados por autoridades o mandos militares pueden deteriorar las confianzas cuando se presentan como posiciones nacionales, aun cuando no siempre representan el sentir de la ciudadanía argentina. A ello se suma el alto impacto de las redes sociales, donde algunas personas expresan rabia, resentimiento o prejuicios de forma agresiva.

Esa dinámica amplifica conflictos que no siempre representan el pensamiento de la mayoría, pero sí contribuye a instalar una sensación de distancia entre ambos pueblos. Algo similar ocurre con el fútbol. Chile logró ganar la Copa América frente a Argentina en dos ocasiones, un hecho histórico y valioso para nuestro país. Sin embargo, eso no debería llevarnos a pensar que somos superiores en ese deporte ni a transformar la rivalidad deportiva en enemistad. El fútbol argentino tiene una trayectoria ampliamente reconocida, y admitirlo no disminuye los logros chilenos. Por el contrario, ayuda a evitar que la competencia derive en ofensas, distancia y epítetos poco gratos. Precisamente por eso, escribir sobre estos temas puede resultar incómodo, pero también necesario.

Chile debe defender su soberanía con claridad y firmeza, sin caer en expresiones ofensivas ni en discursos que profundicen la tensión. Desde mi perspectiva, la Dirección Nacional de Fronteras y Límites del Estado y el Ministerio de Relaciones Exteriores han privilegiado con frecuencia una diplomacia muy cautelosa, lo que a veces dificulta transmitir una respuesta suficientemente clara frente a ciertos episodios. Chile y Argentina podrían construir una Patagonia integrada, desarrollada y de primer nivel si existiera una cooperación honesta, justa y respetuosa.

Pero cuando una de las partes intenta vulnerar los derechos de la otra, reaparece la desconfianza y se detienen las posibilidades de avanzar. Los buenos chilenos y argentinos saben que la convivencia solo puede sostenerse sobre el respeto mutuo, la verdad histórica y la voluntad real de integración, aquello ha sucedido en varias ocasiones en que los gobernantes han estado a la altura.

Por Miguel Sierpe Gallardo, columnista.