El Gobierno dio a conocer el anuncio con el que pretende hacer frente a la tasa de desempleo del 6,9% que golpea a Magallanes: una apuesta por la inversión pública —mediante un plan de MOP de $14 mil millones para 900 puestos y proyectos habitacionales para otros 800— prometiendo sumar, de un plumazo, más de 1.700 empleos.

A simple vista, cualquier iniciativa que busque reactivar la economía y llevar tranquilidad a los hogares magallánicos debiera ser recibida con optimismo. Sin embargo, la forma en que las autoridades abordan y comunican estas cifras deja un amargo sabor a propaganda, sonrisas ensayadas y una preocupante falta de empatía respecto a lo que se vive en la calle.

Sorprende, en primer lugar, la notable volatilidad de los compromisos gubernamentales. Hace apenas unos meses, las proyecciones y promesas de inserción laboral rondaban los 800 cupos; hoy, de la noche a la mañana, la cifra se duplica con soltura para encajar con el titular perfecto en la prensa.

Esta aritmética conveniente y el baile de números no generan confianza ni certeza en un sector productivo que conoce perfectamente los extensos plazos de licitación, las demoras burocráticas y las complejidades de ejecución que suelen acompañar a las obras públicas.

Pero lo más desconcertante no reside únicamente en la dudosa consistencia de los datos, sino en la desconexión emocional del relato. Detrás de ese 6,9% hay trabajadores que mes a mes ven cómo se reduce el presupuesto familiar, emprendedores ahogados por los costos y familias agobiadas por la falta de oportunidades. Frente a esa angustia real, la respuesta de la autoridad regional parece limitarse a la “selfie” institucional, al punto de prensa del auto elogio y a la foto triunfante.

Se gobierna para la red social y para la pauta del día, no para resolver la incertidumbre de fondo. Celebrar anuncios proyectados a futuro mientras la gente enfrenta hoy la falta de empleo demuestra un insondable abismo entre los escritorios de las autoridades y la realidad cotidiana de Magallanes.

La ciudadanía no exige números inflados ni sonrisas para la cámara; pide sobriedad, transparencia, ejecuciones reales y, sobre todo, la empatía y dignidad que merece quienes hoy están buscando trabajo y solo reciben titulares desatendidos de la realidad.

Este afán por transformar la gestión pública en una puesta en escena permanente no solo desgasta la credibilidad de las instituciones, sino que instala un peligroso precedente: el de priorizar la cosmética de la comunicación por sobre la eficacia de la acción.

Magallanes ha sido históricamente una tierra de esfuerzo, donde la dignidad del trabajo se respeta y se defiende. Las autoridades regionales tienen hoy la responsabilidad ética de abandonar la lógica de la "selfie" y bajar al plano de la realidad objetiva, transparentando los plazos reales de ejecución, los empleos efectivos que se van a generar y los mecanismos con los que se pretende reactivar la economía local. Menos pirotecnia mediática, menos triunfalismo prematuro y mucha más gestión concreta es lo mínimo que la ciudadanía exige para volver a creer en la palabra de quienes nos gobiernan.