Es francamente agotador. Semana a semana, la agenda política local y nacional parece redactarse desde una trinchera de rumores, malas prácticas, renuncias exigidas a última hora, investigaciones judiciales y quiebres internos. Lo que debería ser la gestión pública enfocada en resolver las urgencias prioritarias de la ciudadanía se ha convertido en un circo permanente de operadores de pasillo, apaga incendios y pugnas de poder donde la única meta parece ser medir fuerzas a ver quién se queda con la cabeza de quién.

El espectáculo tiene actores definidos en ambos extremos y, desafortunadamente, la misma falta de altura con la que intentan arrastrar a la opinión pública. Por un lado, resulta insostenible el tono mesiánico con el que ciertos sectores más radicales del oficialismo pretenden dictar la moral pública. Se han instalado bajo el dogma de que todo lo malo viene de atrás y de que únicamente ellos han llegado con la verdad revelada y el monopolio de la buena política. Critican todo, acusan a todos de todo y se erigen como los salvadores de una patria que comenzó el día en que ellos asumieron el poder, chocando a diario con la realidad de su propia gestión, donde las imprecisiones y la falta de tino obligan a apagar incendios constantemente, e incluso estrellándose de frente con la noticia de la detención de una autoridad designada. Una especie de realidad paralela.

Por el otro lado, el panorama no es más alentador. La dinámica de la oposición y de los sectores más duros se ha limitado a trancar la pelota, dinamitar puentes, romper relaciones institucionales y utilizar la presión mediática —tanto local como nacional— para pedir renuncias en cascada.

Y el fuego "amigo" en la propia derecha... que no deja de lavar su ropa sucia en público intentando desgastar la figura de la delegada presidencial.

Y pareciera que la única verdad es que no hay propuestas de fondo ni ánimo de construir; solo la búsqueda de la caída del rival de turno para anotarse un punto en el marcador del poder.

En medio de esta balacera cruzada, hay un blanco en común: la prensa y los medios independientes. Cuando un medio se niega a alinearse con la pauta interesada de un bando o a validar las filtraciones malintencionadas del otro, ambos extremos apuntan sus metralletas comunicacionales. Si no se repiten sus consignas, se acusa inmediatamente de estar vendido al adversario, en un reflejo clásico de intolerancia donde el periodismo que fiscaliza sin camiseta es visto como una amenaza.

Chile no necesita más operadores ni autoridades que desaten terremotos políticos con declaraciones desatinadas o presiones destituyentes. La ciudadanía exige reglas del juego claras y transparentes que respeten la diversidad de ideas y cuiden las instituciones. Se requiere una política que busque estar en paz con todos y que deje que la gente decida directamente en las leyes verdaderamente importantes.

Y por sobre todas las cosas, urge cuidar la educación de nuestros hijos y nietos, garantizando que las futuras generaciones no vean en esta política de extremos el único camino posible, un camino que solo termina empobreciendo al país en lo económico, lo social y lo cultural.