El conflicto diplomático generado por la pretensión del gobierno argentino de control compartido sobre el Estrecho de Magallanes, renueva el debate sobre la importancia estratégica sobre el corredor bioceánico austral en el actual escenario global en constante cambio.

Resulta al menos ingenuo señalar que lo ocurrido con la administración de Javier Milei es un simple error o una salida en falso de sus mandos militares. En el mundo de hoy nada ocurre por casualidad. Calificar el paso marítimo como un espacio compartido, sumadas al anuncio de bases navales conjuntas con Estados Unidos en Tierra del Fuego y a la aprobación del Decreto 457 el año 2021, que fijó su Directiva de Política de Defensa Nacional y relativizan nuestros límites, expresan algo más profundo.

Argentina entiende perfectamente el valor del paso austral en el siglo XXI, cuestión que parece no estar del todo clara para el gobierno de Kast que ha limitado su respuesta a la ofensiva del país vecino a un par de comunicados y declaraciones tibias sin mayor trascendencia.

El Estrecho de Magallanes es el gran corredor bioceánico del Hemisferio Sur. En un mundo donde el Canal de Panamá se encuentra en el corazón de las disputas entre China y Estados Unidos, y actualmente experimenta vulnerabilidades hídricas y logísticas, sumado al hecho que las rutas tradicionales sufren los embates de diversas guerras y la inestabilidad geopolítica global, la vía magallánica vuelve a situarse como una alternativa de alcance planetario.

El gobierno de Kast al limitar la defensa de la soberanía nacional a un ejercicio declarativo y reactivo, en el fondo actúa con una mirada profundamente centralista incapaz de entender las dinámicas de los territorios australes.

Defender la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes supone esencialmente dos grandes desafíos:

En primer lugar, desplegar el peso del Estado, para poblar, conectar e invertir con una mirada estratégica, territorial y descentralizada de largo aliento, que entre otras cosas permita contar con una infraestructura portuaria de vanguardia y consolidar a la Región de Magallanes como un centro neurálgico para la proyección Antártica nacional y también global.

En segundo lugar, desplegar una política integración de siglo XXI, la cual tenga como base la integración histórica que ha tenido la Patagonia chilena y la Patagonia Argentina, fortaleciendo los pasos fronterizos, integrando las economías regionales de lado y lado, desarrollando iniciativas conjuntas en ciencia y tecnología, energía, seguridad y en tantas otras materias de alta importancia. Al final, esta disputa no es de los pueblos, es de las élites de ambos países.

Reafirmar la soberanía chilena sobre el Estrecho de Magallanes no requiere construir muros ni levantar discursos belicistas contra el pueblo hermano, exige más bien romper definitivamente la mirada centralista que siguen primando en el país. Dotar a los territorios australes de poder, recursos, infraestructura y capacidad de decisión es clave en esa dirección. Es hora de asumir que, ante un mundo en constante cambio, la Región de Magallanes cumple un rol clave.

Por Jorge Sharp Fajardo, columnista.