Magallanes necesita una conducción regional capaz de transformar su valor estratégico en decisiones concretas, inversión sostenida y coordinación política real. Ese es el punto de fondo: no basta con reconocer la importancia simbólica del territorio si esa valoración no se traduce en prioridades, responsabilidades y resultados visibles para sus habitantes.
La pregunta central, entonces, no es, si Magallanes tiene importancia para Chile, sino quién está dispuesto a asumir políticamente esa importancia. Sin una agenda regional verificable, con metas, responsables y plazos, el valor estratégico del territorio seguirá siendo una frase de discurso y no una política pública capaz de orientar inversión, empleo y desarrollo. Hoy resulta imposible mirar el futuro de Magallanes con tranquilidad y confianza.
No se trata de pesimismo infundado ni de denunciar, por exageración o gusto, tiempos difíciles; se trata de constatar una incertidumbre que nace de la falta de conducción, de prioridades claras y de una estrategia seria para enfrentar los meses y años que vienen. Como magallánico y chileno, deseo sinceramente que al país le vaya bien.
Pero Magallanes parece avanzar sin dirección definida: no sabemos con honestidad hacia dónde vamos ni sobre qué fortalezas reales se pretende construir el crecimiento regional. Para el Gobierno Central, Magallanes y la Antártica Chilena han quedado reducidos muchas veces a una referencia simbólica. Incluso cuando se nos menciona en discursos o gestos públicos, esa atención rara vez se traduce en prioridad efectiva.
Quienes pensábamos que, por ser esta la tierra donde nació un expresidente, la región tendría un lugar preferente en la mirada nacional, hoy vemos lo contrario: esa condición ha terminado pesando sobre Magallanes y debilitando la atención que merece como territorio estratégico para Chile. Lo reitero porque ya lo he manifestado antes: parece que Magallanes está siendo castigado por ser la región donde nació el expresidente.
Los obstáculos que frenan a Magallanes tienen relación directa con la falta de conducción de nuestras autoridades políticas. A ello se suman parlamentarios regionales desconectados casi en general, posiciones que no logran converger en una agenda común y una evidente incapacidad para construir acuerdos amplios, sostenidos y útiles para la región, junto con el necesario respeto y trato digno entre ellos. Tampoco es menor el distanciamiento entre los partidarios del actual Gobierno.
Los desencuentros, las descalificaciones y las tensiones internas han debilitado la representación del Ejecutivo en la región, hasta el punto de que quienes deben sostener esa representación parecen enfrentar un descrédito mayor dentro de sus propias filas que en la oposición. Por eso resulta tan grave escuchar a partidarios del Gobierno referirse con dureza y agresividad a la gestión de la representante del presidente. La relación con el Gobierno Central tampoco ofrece señales alentadoras. Que el Gobierno Regional sea recibido en Santiago dentro de las formalidades institucionales no equivale a coordinación real, menos aún a compromiso político efectivo. Lo que falta es una acción unitaria, sostenida y decidida que permita sacar a Magallanes del escenario de incertidumbre en que hoy se encuentra. Quisiera estar equivocado.
Ojalá el Ministerio de Hacienda lograra sorprendernos con una recuperación económica capaz de devolvernos los niveles de crecimiento que tuvimos hace 15 años. Ojalá, Magallanes, pudiera revertir pronto el empobrecimiento profundo que hoy afecta a su gente.
Pero los deseos no reemplazan las decisiones, y la esperanza no puede seguir usándose como excusa para la inacción. Estas Fiestas Patrias han mostrado una austeridad obligada entre muchos habitantes de la región; las cifras probablemente confirmarán que esta preocupación no es exagerada, ni para el país ni para Magallanes.
Algunos sostienen que debemos resignarnos, aguantar el deterioro y esperar que una próxima administración nos devuelva la esperanza. Esa no puede ser la respuesta para Magallanes. Esperar 1.280 días no es una estrategia: es una renuncia. Nuestra región no puede darse el lujo de seguir siendo el tren de cola del desarrollo del país.
Lo que hoy se observa, más que simple negatividad, es una sensación extendida de frustración y pena entre los magallánicos.
Miguel Sierpe Gallardo, columnista.
