La gente ama, odia, se desenamora, vuelve a odiar y vuelve a amar. Se recompone como un organismo extraño y poderoso. Teme, llora, ríe, grita. La humanidad es un estofado complejo y siempre percibimos que de fondo, en el mismo fondo, nos falta algo. Hay una ausencia insoslayable en nuestro interior.

Como sea, amar es más difícil de lo que parece, no sólo porque hay un otro a quien entregar ese amor, que ya marca la cancha, sino porque nosotros somos un misterio para, justamente, nosotros mismos.

De todo esto y más trata la serie de HBO Ole “DTF St. Louis” que algunos ya postulan como una obra de arte, como un pequeña pieza maestra dividida en un puñado de capítulos.

No se puede decir demasiado. Solo que hay tres personajes adultos que entreveran las cartas del afecto de formas inesperadas. No siempre la vida es así. Es decir, algunos periodos de la existencia parecen ir mucho más rápido y otros en que el camino se llena de argumentos que, imaginábamos al principio, no estaban en ningún guion. Pero están. Se encuentran. Nos buscan como un imán y nos atraen.

Creemos tener todo resuelto hasta que algo ocurre y lo revoluciona todo y en ocasiones revoluciona la vida de los que tenemos cerca. Demasiado

“DTF St. Louis” está protagonizada por Jason Bateman (aquel de “Ozark”), David Harbour (Stranger Things”) y Linda Cardelllini. Los tres lucen memorables, extraordinarios, fantásticos. No exageramos.

Y la historia que los une: esa historia tan delicada y finalmente tan sofisticada, tan posible, tal dulce y tan amarga. Como todo, como somos, como vamos.