Esta historia pasó a mediados de los ochenta. En ese tiempo, mi papá tenía un campo en Cerro Guido, el lote 38. Nosotros vivíamos con mi mamá en Puerto Natales por el colegio, así que viajábamos para allá todos los fines de semana. En esa ruta nos topábamos siempre con dos retenes de Carabineros que marcaban el viaje: uno en Cerro Castillo y el otro en el mismo Cerro Guido.

En uno de esos tantos viajes, al pasar por el retén de Guido, mi viejo se bajó de la camioneta a realizar el trámite habitual. Cuando volvió, venía pálido. Se subió en silencio y le dijo a mi mamá que ahí tenían a un relegado político, un muchacho universitario. En esos años de dictadura, el aislamiento de la Patagonia se usaba como castigo, enviando a estudiantes y profesionales a los rincones más apartados del país.

Lo primero que hizo mi mamá fue preguntarle cómo estaba el joven, si había comido o si le faltaba algo. De inmediato miró a mi papá y le dijo que nuestro deber era llevarlo a la estancia. Y así lo hicimos. En ese entonces, mi madre, Elsa, tendría unos 35 años, y mi padre, Armando, 53. Desafiando el peligro que significaba en ese momento, le abrimos las puertas de nuestro hogar; la brújula moral de mis padres fue inquebrantable.

El joven se llamaba Orlando San Martín, tenía 22 años y estudiaba ingeniería civil en la Universidad Técnica Federico Santa María de Valparaíso. Él, junto a su compañero Claudio Pérez-Luco, había sido detenido por Fuerzas Especiales de Carabineros durante una toma dentro de la universidad, en medio de unas movilizaciones que seguían en aumento con actos espontáneos en las calles.

A Orlando lo relegaron a Cerro Guido, un rincón extremo ubicado a 105 kilómetros de Puerto Natales y a más de 300 de Punta Arenas, mientras que a Claudio lo enviaron a Camerón, en Tierra del Fuego, a 153 kilómetros de Porvenir. El rigor de la condena de Orlando era estricto: tenía que firmar dos veces al día en el retén de Cerro Guido, un control constante de mañana y tarde.

Como la distancia entre el retén y el campo era considerable, los muchachos que trabajaban en la estancia se solidarizaron con él. Le enseñaron a ensillar y a montar a caballo, convirtiéndose ese animal en su medio de transporte diario para ir a cumplir con las firmas obligatorias. Así, al tranco y sobre el lomo, se trasladaba por esas extensiones de tierra.

Su situación era tan compleja que recuerdo que su propio padre tuvo que viajar desde muy lejos, desde Panamá, para poder ver a su hijo. Para Orlando, la calidez de nuestra familia en el lote 38 y el compañerismo de los trabajadores del campo significaron un oasis absoluto en medio del frío, la incertidumbre y el aislamiento.

Mientras Orlando estaba con nosotros, se libraba una batalla legal importante. Las abogadas Juana Cuadrado y María de la Luz Salas, pertenecientes a la Corporación de Promoción y Defensa de los Derechos del Pueblo (Codepu), interpusieron un recurso de amparo por ambos jóvenes.

Según relató la revista Análisis en su edición N° 83 (junio de 1984), la defensa consiguió un primer triunfo: el cambio del lugar de relegación. El Gobierno de la época ni siquiera había respetado sus propias reglas del juego, las cuales estipulaban que las relegaciones debían ser en localidades urbanas (con un mínimo de 60 casas y 301 habitantes). Enormidades como Cerro Guido o Camerón eran apenas villorrios de 31 habitantes y 20 casas. Tras una petición de la Corte de Valparaíso, el Instituto Nacional de Estadísticas (INE) confirmó tardíamente que se trataba de un área rural, por lo que las autoridades corrigieron el "error" a los 15 días y ordenaron el traslado de Orlando a Puerto Natales y de Claudio a Porvenir. Aquellos duros kilómetros de distancia extrema quedaban atrás.

Por supuesto, nosotros no dejamos solo a Orlando. Nuestro hogar en la ciudad se convirtió en su nuevo refugio, llegando a pasar cerca de un año completo con nuestra familia. De esa época, recuerdo especialmente las largas conversaciones que mantenía con mi padre, Armando; uno realmente se sentía rodeado de gente con muchísimo conocimiento.

Poco después del traslado, ocurrió un hecho histórico: la primera sala de la Corte de Apelaciones de Valparaíso falló a favor de los estudiantes y obligó a poner término de inmediato a su permanencia obligada. No se había revocado una relegación administrativa desde 1973, lo que sentó un precedente crucial de que el Poder Judicial sí podía resolver y frenar las medidas tomadas desde el Ejecutivo.

En Puerto Natales, varias personas y familias natalinas abrieron sus puertas y, al igual que nosotros, acogieron a los relegados en sus hogares. Eran tiempos difíciles, donde la desconfianza era la norma, pero la gente del sur desafió abiertamente al miedo con pura solidaridad. Tendieron la mano y demostraron que la dignidad humana era capaz de vencer al temor. Eso, sin lugar a dudas, es el verdadero heroísmo.