La tensión entre la ecología profunda, la producción de alimentos, la energía y otros desarrollos industriales se viene intensificando con fuerza en la era de los sesgos informativos y de las redes sociales como única fuente de datos para la masa de la audiencia.

Comprender el devenir de la producción industrial y su verdadero impacto en el medioambiente es una tarea que queda atrapada entre los análisis alarmistas y la imperiosa necesidad de lograr el desarrollo socioeconómico.

Los ejemplos sobran. Campañas de ONG en las que el salmón, la salud animal o la producción de energía son señalados con furia, pero desconociendo u obviando los avances en el impacto de los escenarios donde se producen esos desarrollos.

Días atrás, un reportaje publicado por El País, basado en investigaciones de The Outlaw Ocean Project, sostiene que la acuicultura “agota los océanos” al utilizar capturas silvestres para alimentar especies de cultivo como el salmón, y culpa a la acuicultura de afectar incluso el empleo de miles de pescadores artesanales.

No obstante, esta premisa omite la acelerada evolución tecnológica de la nutrición animal: la industria ha reducido notoriamente la proporción de harina y aceite de pescado en las dietas acuícolas mediante el uso de insumos vegetales, proteínas de insectos y derivados agropecuarios.

En Chile, por ejemplo —segundo productor de salmón del mundo, detrás de Noruega—, hace dos décadas la harina de pescado representaba aproximadamente el 65 % de la composición del pellet, mientras que en la actualidad su contenido se ha reducido a entre el 12 % y el 18 %, dependiendo de la fase de cultivo. Por su parte, el aceite de pescado pasó del 24 % al 10 % en ese mismo periodo.

Adjudicar la crisis de la biomasa marina planetaria exclusivamente a las piscifactorías es desconocer la cronología histórica que, en el caso de la salmonicultura, se encuentra bien documentada.

La sobreexplotación de los océanos, y sobre todo en la Patagonia, tuvo sus primeros casos a principios del siglo XIX con la caza indiscriminada del lobo marino y las ballenas. Pero desde mediados del siglo XX fue la pesca comercial desmedida la causante del agotamiento de las especies en el mar y en los propios fiordos chilenos, los mismos fiordos que han sido revitalizados por la acuicultura en los últimos 20 años.

Este cronista ha conversado con pescadores en Puerto Natales, donde ellos mismos confirmaban que la pesca descontrolada es la razón de la crisis actual en los “canales”.

En términos socioeconómicos, la acuicultura no destruyó las economías costeras; más bien las transformó por completo. Ciudades como Puerto Montt o Puerto Natales, golpeadas por severas y conocidas recesiones en los años 80 y 90, lograron dar un salto económico y social, disminuyendo el desempleo y la pobreza de base que las aquejó durante largo tiempo.

La acuicultura genera cerca de 85.000 empleos directos e indirectos en Chile, donde muchos pescadores artesanales se emplearon como prestadores de servicios logísticos y marítimos para el sector. En Magallanes se estima que el número de personas que trabajan en y para la industria supera las 7.000.

A nivel macroeconómico, los números revelan un pilar fundamental para la economía chilena, junto con el cobre y el sector agropecuario, en especial la fruta. La acuicultura genera USD 6.500 millones en exportaciones anuales; el sector frutícola, más de USD 8.000 millones; y la minería, alrededor de USD 50.000 millones.

El sesgo radical concluye de forma apurada (y en general velada) que el mejor camino para el desarrollo humano es no desarrollarse en absoluto, cuando la evidencia demuestra que la transición hacia métodos de cultivo eficientes constituye la vía para responder a la demanda proteica global sin paralizar la producción y, con ello, el empleo y el dinamismo económico.