Es innegable que nuestro país arrastra un resquebrajamiento profundo, resentido por la polarización y por la constante incapacidad de gran parte de la clase política para tender puentes reales de encuentro. Las actuales generaciones hemos heredado un escenario moldeado por los desaciertos, heridas y divisiones de nuestros padres y abuelos. Sin embargo, desligarse de esa carga histórica mediante el simple olvido o el mero trascurso del tiempo no es el camino para subsanarla.

Mirar hacia adelante es un deber, pero no se puede construir un proyecto país sólido sobre un terreno con cimientos fracturados.

Para que las futuras generaciones no queden atrapadas en la trinchera del encono, es indispensable convertir fechas como el 11 de septiembre de 1973 en días pedagógicos, de conocimiento reflexivo y civismo. Recordar un quiebre democrático no debe significar revivir la división, sino garantizar que toda la sociedad comprenda cabalmente qué nos llevó al abismo para asegurar, con convicción transversal, un "nunca más".

El verdadero aprendizaje requiere, además, reconocer que la memoria no es un concepto abstracto. Hablar del pasado en Chile implica hacerse cargo de una realidad lacerante que permanece abierta: la de las personas que aún no han sido encontradas y el dolor irreparable de las familias que buscan a sus detenidos desaparecidos. Ignorar estas heridas no las cicatriza; solo posterga la fractura.

Para lograr una reconciliación genuina, la responsabilidad recae de forma inmediata en las escuelas, institutos y universidades, pero sobre todo en una clase política que debe elevar la mirada más allá de la trinchera coyuntural. Educar a los jóvenes en los hechos del pasado sin sesgos reduccionistas, enseñándoles el valor incondicional de los derechos humanos y la fragilidad del pacto democrático, es la verdadera vacuna contra el autoritarismo y la intolerancia.

Transmitir esta historia a las futuras generaciones no es un ejercicio de rencor, sino una herramienta de madurez cívica que les permitirá identificar las primeras señales de degradación institucional antes de que sea demasiado tarde.

En definitiva, proyectar los próximos cincuenta años exige la valentía de abrazar nuestra historia completa con respeto, aprendizaje y humanidad. No podemos borrar los errores de nuestros antecesores, pero sí podemos decidir qué lección extraemos de ellos para no repetirlos.

Mirar hacia el futuro no es incompatible con recordar; por el contrario, sólo un pueblo que conoce su pasado y honra la verdad es capaz de caminar unido, asegurando un mañana donde la democracia y la dignidad humana sean el punto de encuentro innegociable para todos los chilenos.

Por Mauricio Vidal Guerra, periodista, director ZonaZero.cl