Donde la cordillera de los Andes se inclina cansada antes de hundirse definitivamente al final de la Península de Brunswick, el Cerro Mirador y el Monte Fenton observan en silencio el devenir de Punta Arenas. En estas últimas colinas bajas, en las inmediaciones de la Reserva Nacional Magallanes, se libra una batalla silenciosa por la memoria y el futuro de la naturaleza local. No se trata solo de un escenario para la contemplación: de las cuencas del Río de las Minas, la Laguna y el estero Lynch brota el agua que abastece al 80% de la población de la región.

Este ecosistema subantártico lleva décadas sanando sus heridas. Tras más de un siglo de devastación provocada por la tala para la industria del carbón, el combustible de los antiguos buques a vapor y el pastoreo colonial, el bosque inició su lenta recuperación en 1932 con la creación de la reserva. Sin embargo, el presente le impone nuevos y complejos desafíos.

Los efectos del cambio climático han alterado los hábitos urbanos. Con veranos cada vez más cálidos, familias enteras suben al andino buscando la sombra protectora del follaje; en invierno, ante la escasez de nieve en la zona baja de la ciudad, la montaña se transforma en el principal punto de encuentro. Pero el sector carece de servicios sanitarios y de un sistema de recolección de basura capaz de absorber tal afluencia de personas.

El resultado es una triste huella: trineos plásticos rotos tras una jornada de juego, neumáticos, baterías, colchones y desechos de todo tipo desperdigados entre la vegetación.

Frente a esta realidad, cobra fuerza una iniciativa de acción directa bajo la premisa "Conocer para conservar". La estrategia busca transformar la mirada del visitante mediante la educación ambiental y el involucramiento en el territorio, convirtiendo a cada ciudadano en un guardián de su propia fuente hídrica.

La ciencia ciudadana como punto de encuentro

El proyecto despliega un plan de trabajo basado en la metodología de la ciencia ciudadana, donde la investigación sale de las aulas tradicionales para construirse de manera comunitaria:

  1. Mareo colectivo de residuos: Un registro participativo para identificar y georreferenciar los puntos con mayor acumulación de basura en los senderos.
  2. Guías digitales de biodiversidad: Publicaciones accesibles que levantan información sobre cuatro reinos clave del sector: hongos, aves, líquenes y microorganismos.
  3. Caminatas interpretativas: Recorridos guiados por el bosque con encuentros en refugios locales, donde se combina la observación de la naturaleza con talleres sobre la reutilización de residuos.
  4. Difusión comunitaria: Un esfuerzo continuo por volcar estos aprendizajes en redes sociales y medios locales para ampliar la concientización ambiental.

El valor central de esta propuesta radica en su relato. No se enseñará desde la teoría abstracta, sino desde la experiencia acumulada en primera persona: la historia contada por la liquenóloga que busca especies entre lengas y coihues bajo la lluvia magallánica; la mirada del observador de aves que divisa un aguilucho en peligro; el testimonio del guardaparque que explica la cicatriz del cerro visible desde la ciudad, o el saber práctico de vecinos y activistas que han hecho del monte su aula de aprendizaje.

Al comprender que un liquen es un bioindicador de aire limpio o que la cubierta vegetal asegura la calidad del agua que llega a las canillas de la ciudad, la relación con el entorno cambia radicalmente. La conservación deja de ser un mandato lejano y se transforma en un hábito cotidiano de cuidado y pertenencia territorial.


Crónica basada en el trabajo de Víctor Aguilar Oyola, responsable y coordinador del proyecto «Conocer para Conservar: Biodiversidad y Comunidad en el Cerro Mirador y Monte Fenton».