Cada mes de septiembre, los chilenos nos sumergimos en una vorágine de empanadas, cuecas y banderas al viento. El 18 y el 19 paralizan el país para recordar la Primera Junta Nacional de Gobierno y las Glorias del Ejército. Sin embargo, apenas las fondas apagan sus luces y la rutina vuelve a instalarse, la historia oficial comete una omisión imperdonable: ignora el hito geopolítico y humano más relevante para la integridad territorial de nuestra nación.
El 21 de septiembre no es una fecha más en el calendario. Es el día en que Chile existió, por fin, hasta el fin del mundo.
La odisea de la Goleta Ancud: 23 almas contra viento y marea
Corría el año 1843. Bernardo O’Higgins, en su lecho de muerte en Lima, insistía en una máxima crucial: «¡Magallanes, Magallanes!». El Estado de Chile, conducido bajo la presidencia de Manuel Bulnes, comprendió que si el país no tomaba posesión efectiva del Estrecho de Magallanes, las potencias coloniales europeas —que ya rondaban los mares del sur con ambición geopolítica— lo harían sin dudar.
La misión encomendada al capitán de fragata John Williams (Juan Guillermos) no era una travesía más. Era una misión suicida en nombre de la patria. A bordo de la Goleta Ancud, una rústica embarcación de madera construida en Chiloé, 23 chilotes y chilotas (entre ellos marinos, artesanos, dos mujeres e incluso un niño) se hicieron a la mar rumbo a las tempestuosas e indomables aguas australes.
Navegaron durante casi cuatro meses luchando contra vientos huracanados, olas gigantescas y un frío inclemente. Un 21 de septiembre de 1843, la rústica nave caló anclas en el sector de Puerto del Hambre. Allí, desembarcaron, izaron la bandera chilena con 21 cañonazos y días después fundaron el Fuerte Bulnes.
Ese acto dio inicio formal a la posesión efectiva del paso interoceánico más codiciado del mundo. A partir de esa jornada, más de la mitad de la actual geografía chilena pasó a ser soberanía de nuestra República.
El laberinto de las leyes: Feriado a goteo y parches regionales
Pese a la magnitud insoslayable del acontecimiento, la respuesta del Estado chileno ha sido intermitente y mezquina.
El 21 de septiembre ha conocido el reconocimiento legislativo en ocasiones contadas y acotadas:
- Año 2017: Por primera vez, el Congreso declaró feriado el 21 de septiembre exclusivamente para la Región de Magallanes y la Provincia de Chiloé, como una norma de carácter excepcional e intra-regional.
- Año 2024: Nuevamente, mediante la ley correspondiente al Boletín 17069-06, el Parlamento aprobó un feriado específico para el 21 de septiembre de ese año, restringido de igual forma a Magallanes y Chiloé.
Se trata de reconocimientos coyunturales, parches parlamentarios aprobados a última hora para apaciguar las legítimas demandas de las comunidades de este lado del mundo. Reducir la gesta de la Goleta Ancud a un "festivo regional" o una "efeméride local" (que ni siquiera es permanente) revela una mirada centralista y estrecha. La soberanía ejercida en el sur austral no beneficia solo a la gente de Punta Arenas o de Ancud: beneficia y define a todo el pueblo de Chile.
Soberanía en tiempos complejos: Un reconocimiento nacional pendiente
En los tiempos que corren, donde las fronteras y los reclamos territoriales exigen presencia firme, memoria histórica y cohesión, la soberanía no se defiende únicamente con discursos... Se cultiva con educación y un profundo sentido patriótico.
Esta dimensión heroica abarca distintos frentes que trascienden la simple anécdota del pasado. En primer lugar, la consolidación de la soberanía territorial no solo aseguró el control del paso interoceánico, sino que también sentó las bases para la proyección natural de Chile hacia el Estrecho de Magallanes y la posterior reclamación del Territorio Chileno Antártico. Por otra parte, en el plano de la integración geográfica, este hito permitió incorporar de manera efectiva más de la mitad de la superficie total que hoy conforma la Región de Magallanes y de la Antártica Chilena. Finalmente, esta hazaña resalta la épica de Chiloé, rindiendo un justo homenaje a la valentía de los navegantes y pobladores chilotes, quienes actuaron como los verdaderos arquitectos de la integración del sur austral al mapa definitivo de nuestra República.
Decretar el 21 de septiembre como feriado nacional permanente no es añadir una jornada más de descanso al calendario. Es saldar una deuda histórica de honor. Es izar la bandera en cada rincón del país, desde Arica hasta la Antártica, para recordar la valentía de quienes desafiaron el mito de lo imposible para que Chile fuera una sola nación.
Por la épica, por la soberanía y por el debido reconocimiento a Chiloé y a Magallanes: el 21 de septiembre debe ser feriado en todo Chile.
