¡Qué mundial tenemos! No han faltado los buenos y desesperantes partidos como el último entre la Argentina y Egipto, pero tampoco los exabruptos, las acusaciones de todo tipo, las denuncias formales, los trucos, las mañas, los insultos, las bestialidades.
Uno se pregunta si los mundiales no sólo sacan lo mejor de cada equipo sino también lo peor de cada hinchada. Lo que sucede en la cancha, lo que ocurre en la tribuna y en cada hogar es un sistema de retroalimentación constante.
Los jugadores simulan hasta el hartazgo, simulan emociones cuando erran o pierden un balón porque saben que hay decenas de cámaras fisgoneando, también cuando alguien los “toca” o no los toca, da lo mismo, interpretan un dolor digno de una guerra o de Shakespeare. La audiencia lo sabe, no obstante reacciona.
La hinchada se deshace en puteadas que no deberían ser aunque son. La gente que sigue las alternativas desde un sillón, la clase política en sus oficinas, los actores, los demás deportistas, todos tienen algo para decir y no siempre es bonito. Lo dicen, ahora que pueden en sus redes sociales. Ellos no son menos en la tarea de componer el ruido blanco de la humanidad. Ya habló de esto con sabiduría Umberto Eco.
Una senadora paraguaya, Celeste Amarilla, publicó que el jugador francés Kylian Mbappe era un “camerunés colonizado”, “resentido, rico nuevo, prepotente y feo", y, por si faltaba algo que el goleador “en vez de leche materna chupaba cocos”. Una senadora de la Nación.
A ella le contestaron con consternación el propio Mbappe y el presidente francés Emmanuel Macron.
¿Sirve para algo este intercambio con alguien que ha obrado así? A la legisladora tal vez para descargar sus iras o reconducir sus propios demonios hacia Mbappe. Tal vez.
Lo cierto es que el racismo, la falta de educación, la furia, la bronca y el hastío rodean y cruzan al juego. El fútbol es eso, un juego. En la práctica, con toda la carga publicitaria institucional y personal, adquiere otro color y otra forma. Los países se enfrentan simbólicamente en un conflicto en el que puede haber heridos pero no muertos.
El fútbol tiene su propio Primer Mundo, uno en el que circulan países como la Argentina o Francia o Alemania o Brasil. Después están los otros que hacen su esfuerzo, innegable, y dignifican el torneo y su personalidad como grupo.
Visto desde cierta distancia, con menos empatía, el fútbol muestra costados despreciables de la civilización. Nos vamos de mambo. ¿Somos eso?
Al final del partido de Argentina y Egipto el entrenador del equipo Hossam Hassan cruzó los brazos denunciando expresiones de racismo. Luego del cotejo la Federación de Fútbol de ese país presentó un reclamo formal ante la FIFA por la actuación del árbitro. No solo perdieron (que es una probabilidad que esto suceda) sino que además se sintieron robados. Los datos indican que no fue así o que en general primó la justicia.
Cuando el entrenador argentino Lionel Scaloni ingresaba al túnel camino a los vestuarios, la cámara captaba las exclamaciones ampulosas del entrenador de Egipto. Scaloni que venía de frente, fiel a su estilo, apenas se acomodó para pasarlo por el costado sin agregar nada a la polémica.
Muchas veces es mejor no continuar el debate.