Hace poco me encontré con una canción de Los Mártires del Compás, un grupo flamenco, que repite el verso “el polvo de los bueyes no me deja ver el camino”. Naturalmente esta columna no habla de flamenco, pero sí me parece una expresión bastante precisa para describir el panorama político actual.
Hace ya algunos años nos hemos venido acostumbrando a una particular forma de hacer política que, mirada en perspectiva, tiene de todo menos política. Vemos, en primera persona, la escalada de una ultraderecha populista en la que abundan los guardianes de la moral, los paladines de la justicia y liderazgos casi mesiánicos que han alcanzado notoriedad repartiendo culpas a todo lo que se mueve.
La maniobra es simple: todos roban menos yo, todos son corruptos menos yo, todos son incompetentes menos yo.
Desde la oposición, el Partido Republicano y los libertarios repitieron como un mantra estas consignas, siempre orientadas a demonizar a una izquierda que parecía encarnar todos los males y que, por lo tanto, no podía gobernar. El relato de una izquierda que roba, una izquierda incompetente, una izquierda corrupta, una izquierda que abusa del Estado y una larga lista de imputaciones —muchas veces sin sustento— terminó desplazando la discusión pública desde los proyectos políticos hacia la supuesta idoneidad moral de quienes los representan. Y, entre tanto polvo que levantaron los bueyes, nos olvidamos de hablar de proyectos políticos.
Pero la realidad tiene la costumbre de poner las cosas en perspectiva.
Llegada la ultraderecha al poder, descubrimos que tampoco había superhéroes. Entre quienes prometían superioridad moral aparecieron las improvisaciones, la falta de respuestas institucionales, la ausencia de planes para gobernar y una sucesión de escándalos que, a solo 128 días de iniciado el gobierno, ya suma 36 bajas entre ministerios, subsecretarías y seremis.
En Magallanes el panorama tampoco perdona. Acusaciones de irregularidades, falseamiento de datos, uso indebido de viviendas sociales, delitos sexuales y una larga lista de torpezas institucionales terminaron por despejar la ilusión de que esta vez sería distinto. Una vez más, la política nos recuerda que no existen los superhéroes. Lo que sí existen son personas de carne y hueso gobernando en función de un proyecto político del que, paradójicamente, hablamos muy poco.
Y eso es lo que queda al desnudo. Porque, cuando se disipa la idea de que la política consiste en descubrir quiénes son los buenos y quiénes son los malos, la pregunta deja de ser quién gobierna y pasa a ser otra mucho más importante: ¿qué proyecto político representa ese gobierno? ¿Qué entiende por desarrollo? ¿Qué papel le asigna al Estado? ¿A quién benefician sus decisiones y quiénes terminan pagando sus costos?
Solo cuando el polvo que levantaron los bueyes comienza a asentarse aparecen esas preguntas. Y es entonces cuando el camino se vuelve nítido. Porque detrás de las promesas de probidad y eficiencia no encontramos un gobierno excepcional, sino uno que ha tropezado con las mismas improvisaciones, escándalos y deficiencias que decía venir a erradicar. La diferencia ya no está en la supuesta superioridad moral de quienes gobiernan, sino en el proyecto político que impulsan: uno que reduce el papel del Estado, privilegia los intereses de los sectores más poderosos y profundiza las desigualdades sociales. Ese, más que los discursos sobre héroes y villanos, es el debate que deberíamos estar dando.
Por Pablo Cifuentes Vladilo, columnista.
