La soberanía se ejerce. Y es mucho más que una idea romántica sin aplicaciones prácticas. Es, en definitiva, el fondo del asunto en materia de cómo construir un país.

Para una nación, poseer un territorio implica también habitarlo, disfrutarlo y, con el debido respeto, extraer beneficios para la comunidad. Muy probablemente por eso la condición del trabajo represente tanto para Magallanes. Las múltiples y apasionantes historias que atraviesan la conquista del territorio del sur llevan el signo del trabajo como una insignia en un estandarte.

La llegada de la goleta Ancud al Estrecho de Magallanes un 21 de septiembre de 1843 es el principio de una cadena de acontecimientos que irán construyendo hasta hoy mismo la soberanía nacional, paso a paso. Esa vocación irradia desde el pasado.

Las discusiones acerca de la soberanía en la región no comienzan con el conflicto del Beagle con la Argentina en 1978, pero tampoco terminan con una resolución de intereses por parte de Chile y la Argentina a propósito del Estrecho de Magallanes. La cuestión va mucho más allá de lo verbal.

En la medida en que el territorio entrega trabajo, distribución de la riqueza y posibilidades de desarrollo, también —y sobre todo— un país ejerce verdadera soberanía. “Magallanes, el sur, el Drake, todo eso es soberanía. Es llave bioceánica, Atlántico-Pacífico”, apuntó el alcalde de Punta Arenas, Claudio Radonic, en relación al tema.

Por eso, eventos tales como la creación de la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego —aun con capitales extranjeros, pero impulsada por figuras legendarias de Magallanes como Sara Braun, Mauricio Braun y José Menéndez— o la de ENAP en junio de 1950, significan tanto para la historia regional.

En la década de los 80, apenas 5.000 turistas de todo el mundo llegaban hasta Magallanes para visitar el Parque Nacional Torres del Paine, creado en 1959. Pero el arribo de personas de Estados Unidos y Europa, que escalaron a 10.000 en la década de los 90, sirvió en parte para hacernos comprender que el territorio que habitábamos en tan enorme soledad era reconocido desde afuera como un espacio atractivo. Ya no existen dudas sobre su situación: el parque es visitado por más de 350.000 personas al año.

En este contexto, a finales del siglo XX y con una economía aún por despegar, la llegada de la salmonicultura significó un cambio de paradigma en lo que se refiere al desarrollo de Magallanes. En menos de 20 años de trabajo continuo, la actividad cambió el rostro industrial de la región.

Una cosa lleva a la otra; una pieza encaja con otra. De pronto (aunque este “de pronto” sea apenas una expresión que no refleja el profundo trabajo realizado durante décadas), Puerto Natales, por caso, dejó de estar aislada por días o semanas para conocer los viajes diarios en avión. Las localidades comenzaron a sentir el flujo de una masa salarial que provenía tanto del sector productivo como del de servicios; nacieron empresas, se multiplicó la actividad en el mar y se tomó “posesión” nacional de los canales o fiordos gracias a una actividad permanente.

Hoy existe tanto una identidad del campo y de la montaña como una identidad salmonera. Una cultura que sostiene un modo de entender la realidad.

Los fiordos aparecen en el escenario regional con una potencia histórica. Miles y miles de horas de navegación, trabajo y actividad general ocurren en el hermoso sector, como una manera de subrayar tanto el trabajo como la soberanía. Justamente porque son chilenos —la gran mayoría radicados en la región— los que recorren los fiordos debido a la actividad salmonera.

“¿Tú eres dueño de la tierra? Sí. ¿Pero tú ejerces un control real, efectivo? Probablemente. Pero es una soberanía virtual porque no estás haciendo mucho en ello”, indicó a El Mercurio Teodoro Ribera, ex canciller chileno.

Esto hace pensar en la compleja situación que vivió la zona de los canales cuando, en abril de 2023, el velero Witness de Greenpeace irrumpió en los fiordos chilenos con un permiso de turismo, pero que no dudó en ingresar a zonas productivas generando preocupación general. La organización pretendía recorrer los fiordos casi como si fueran de su propiedad, pero fue la industria salmonicultora la que ejerció el reclamo nacional ante la presencia de un grupo de extranjeros.

Este evento no es casual. No es aleatorio. Forma parte de una avanzada que protagonizan organizaciones internacionales capaces de afectar los límites establecidos por los países, tal como ha sido denunciado no solo en Chile sino también en África y Oriente Medio. Hace años fue bautizada como “la nueva colonización verde”.

Por estos días, más de 8.000 personas trabajan en la salmonicultura en Magallanes. Sus trabajos les permiten sostener una vida a partir de los recursos propios de la región. Parece una obviedad, pero no lo era tanto en los 70 y 80, cuando la mayor parte de la población económicamente activa de Puerto Natales trabajaba en la mina de Río Turbio, Argentina.

Ya se hace necesaria una historia de la salmonicultura y el turismo del mismo modo en que el destacado historiador Mateo Martinic perfiló con tanta calidad la construcción regional a partir de obras como "Historia del Estrecho de Magallanes", "Estrecho de Magallanes: Puerta de Chile" y "Cinco Siglos de Cartografía".