Y bueno, llegamos al final. La Argentina perdió en el último tramo frente a un rival que fue superior. España dominó con inteligencia y fuerza. La vida sigue, pero la historia ha quedado marcada, al menos en parte, con el fuego español, con su sabor y su visión del mundo.
Dicen que la historia la escriben los que ganan, pero eso quizás ya no aplica de la misma forma en la era de las redes y los robots que escriben artículos llenos de adjetivos y frases edulcoradas.
Últimamente la historia también la escriben los mentirosos, los vulgares, los odiosos, los rencorosos, los que buscan algún tipo de reconocimiento a cualquier precio. Es poco menos que increíble cómo algunas personas tienen la enorme necesidad de que alguien los escuche.
Así estamos. Bien por España y mis respetos por la gran Argentina, que nunca rinde sus armas. Uno no puede evitar pensar qué pasaría si el país se comportara política y económicamente como lo hace con su selección: con intensidad, con orden, con puntillosa organización, etc. En el fútbol, la Argentina es Primer Mundo, ¿qué duda cabe?
Hablando de redes sociales: días atrás publiqué un posteo en X en el que recordaba un patético intercambio con un turista español cuando administraba la hostería familiar en la Patagonia.
Decía así: “Años atrás mis hijos corrían por mi hostería en Patagonia. Un turista español dice: ‘Así es que después van a buscar trabajo a España’. Pasado un tiempo, dos jóvenes españolas se quedaron sin dinero y no podían pagar. Sin molestarme, les propuse que lo hicieran desde España. La vida.”
El recuerdo viene a cuento de las rencillas que provocó o avivó el Mundial de Fútbol. Durante los años en que administré la hostería observé mucho de todo eso, sobre todo viniendo de europeos más que de norteamericanos, que siempre me parecieron más inocentes, más abiertos.
Entonces todo se mezcla: el fútbol, la vida, las búsquedas, las ínfulas de algunos europeos que se imaginan superiores a los latinoamericanos, las luchas personales por mantener la dignidad a pesar de la falta de recursos, a pesar de los contextos y los personajes que administran los países en los que vivimos en este hermoso Sur.
El fútbol es una metáfora total de la vida misma y la personalidad del jugador argentino hace pensar en que todo es posible y en que no somos el patio trasero de nadie. Que nuestras luchas tienen un sentido poderoso.
El juego argentino permite que uno se sienta orgulloso de ser otra cosa. Distinto a lo demás. Ni siquiera mejor o peor, sino otra cosa que merece respeto aunque no sea lo que obtenemos siempre en el día a día.
El fútbol argentino se revitaliza en sus orígenes humildes, en su guapeza, en su línea cultural, en sus memorias de esfuerzo.
Yo, humildemente, los imito. Mientras escribo esto, cuando encaro un proyecto, cuando me levanto, pienso en mi abuelo baqueano, en otro abuelo marino, en mi madre, en la elegancia modesta de mi padre, en la valentía terca de mi abuela; pienso en el impulso milenario que me habita.
No hablamos ya solo de fútbol, hablamos de vivir y de saber, más o menos, ir para adelante.