Alguien dijo por ahí, y lo escuché de labios de un amigo periodista —un gran periodista, por cierto—, que el periodismo era tan poco importante que hay que hacerlo todos los días.
Y fue Claudio Uriarte el que escribió en su ya famoso, a esta altura legendario, ensayo “Contribución a la crítica de la verdad periodística”: “El hecho que hay que reprocharle al periodismo no es su frivolidad, su inconsistencia o sus faltas a la verdad, sino que él mismo, por su propia dinámica, es una falta a la verdad, es la versión degenerada de la historia de una sociedad que ha renunciado al concepto de verdad. Al periodismo hay que reprocharle que existe”.
A pesar de las críticas, a pesar de su evolución hacia lugares escasamente serios, a pesar del rechazo que exhibe la sociedad respecto de su existencia chapucera, mediocre e insulsa en demasiadas oportunidades, el periodismo insiste en que, en verdad, todavía existe y es válido y tiene sentido.
Pero creo que algunos lo sabemos y somos conscientes de ello: el periodismo hace un tiempo que dejó de ser el periodismo tal cual lo entendíamos en los 70, 80 y 90.
Durante décadas el periodismo fue un niño malcriado. Un nene caprichoso en cuanto a la dinámica de su estructura empresarial y cultural. Si captaba lectores —los que se medían por las ventas y una multiplicación de 3—, lograba sostener del cuello a sus anunciantes. La calidad de sus plumas, de sus reporteros, de sus temas, de sus sabuesos, avalaban en parte sus mañas de pibe talentoso.
Había periodistas capaces de cubrir un crimen y ayudar a resolverlo utilizando técnicas de investigación que le eran propias. Había columnistas a los cuales miles de personas esperaban cada semana para entender algo de cuestiones complejas. Había profesionales capaces de iluminar las sombras oscuras de la realidad incluso en los momentos más difíciles. Había héroes, viejos lobos, genios de la tecla y calidad en la escritura.
Sobran ejemplos de aquellas épocas: en La Opinión (donde Osvaldo Soriano escribió columnas que hoy conforman libros), en El Porteño, en Página/12 —en el que escribían el propio Uriarte, el mismo Soriano, el Nene Panno, Susana Viau—, en Clarín, en La Nación, entre tantos otros.
El acceso a internet fue solo el principio del cambio de paradigma. Los diarios perdieron lectores y encontraron escasas formas de reconquistarlos con recetas de cocina, rencillas del mundo del espectáculo y bastante fútbol.
Cuando incluso estos temas comenzaron a dispersarse, los grandes diarios pasados a la era digital comenzaron a manotear de todos lados. Entonces sumaron más de aquella ensalada, refranes de filósofos, comentarios de los comentarios que se observaban en redes, y títulos impresentables, pero capaces de seducir el click de las audiencias.
En la actualidad el desafío de los medios tradicionales pasa por alcanzar volumen y tiempo de permanencia. Sobre todo tiempo. Por eso los artículos son cada vez más largos y encontramos los datos del sugestivo título cada vez más abajo. Con ese informe intentan que los anunciantes de mayor porte inviertan una fortuna en sus sitios web. Lo consiguen solo parcialmente, mientras miles de anunciantes pequeños y medianos quedan fuera de ese juego y optan por otras vías más económicas y alternativas: humoristas, conductores, actrices, actores, que dan a conocer en Instagram sus últimos regalos corporativos. Otro recurso que también está agotando la paciencia de los seguidores.
Estamos en un punto en que al mismo medio y al editor de turno no les importa que los títulos se sostengan al borde de un abismo, coqueteando con la estupidez o con la mentira. No importa, porque lo apropiado es que el cliente ingrese al artículo y permanezca una media superior a los 30 segundos. Todo un logro.
Por fuera de eso, hay legiones de periodistas o locutores o influencers que hacen un periodismo que todavía se basa en las técnicas del antiguo periodismo, aunque con mayores dosis de humor y de sesgo. Uno entiende de qué lado están los críticos de cine y los columnistas del deporte que tienen éxito de audiencia en redes. Todos están advertidos desde el principio, al contrario que con el periodismo tradicional, que emboza, oculta y maquilla la realidad de su posición política, cultural, deportiva o la que sea.
El periodismo ya no es, sin embargo, lo que reemplazará finalmente al género; no está claro. Todavía hay materiales volando por los aires después del Big Bang.
