Cuando pensamos en Víctor Jara, solemos conectarlo de inmediato con la Nueva Canción Chilena, pero su relación con el mundo del rock es fascinante, inmensa y mucho más profunda de lo que muchos imaginan. De hecho, trasciende las etiquetas: detrás del referente político y social había un creador con el oído completamente abierto a las vanguardias.

Una prueba de ello la relata maravillosamente su esposa Joan Jara en su libro autobiográfico. En 1968, Víctor viajó a Inglaterra junto al Instituto del Teatro de la Universidad de Chile para presentar la obra La Comedia de las Equivocaciones en el Festival de Teatro de las Naciones, celebrado precisamente en Liverpool. Para él, pisar esa ciudad era un sueño absoluto: era un fanático declarado de The Beatles y una de sus grandes motivaciones al llegar ahí era conocer la cuna de la banda que había revolucionado la música popular. Para un hombre que valoraba tanto la raíz folclórica como la energía del mundo anglosajón, el cuarteto de Liverpool era una influencia ineludible. Ese viaje le permitió empaparse de esa atmósfera creativa, algo que años más tarde se reflejaría en su enorme apertura mental para colaborar con el mundo del rock.

Un claro ejemplo de esa sintonía fue cuando se unió a Los Blops para crear "El Derecho a vivir en paz". Esa colaboración fue toda una declaración de intenciones. Aunque Los Blops grababan para DICAP —el sello del Partido Comunista—, en los círculos más duros de la Unidad Popular no los veían con buenos ojos hasta que Víctor decidió trabajar codo a codo con ellos. El resultado fue una joya musical con una estructura ascendente que recuerda a lo mejor de la psicodelia inglesa, con esa dualidad entre lo pastoral y lo urbano. Y ojo, que lejos de ser una simple canción pacifista como sugiere el título, era un grito de solidaridad con la lucha de Vietnam. Aunque hoy nos suenen lejanos esos nombres y lugares, la música tiene esa magia: trasciende cualquier época y deja al descubierto una demanda universal y atemporal.

Años atrás, en los 90, asistí a una charla sobre música independiente en Temuco donde el panelista era Alfredo Lewin, el recordado ex VJ de MTV y crítico musical. Él lanzó una frase que se me quedó grabada: "Víctor Jara es nuestro Bob Dylan". Y la verdad es que tenía toda la razón.

La obra de Víctor ha cruzado fronteras de una manera impresionante. Gigantes del rock de todo el mundo lo han versionado y homenajeado:

Bruce Springsteen cantando "Manifiesto".

Robert Wyatt con "Te recuerdo Amanda".

Peter Gabriel versionando "El Arado".

Bandas como The Clash mencionándolo en "Washington Bullets", Simple Minds dedicándole el álbum Street Fighting Years, o figuras como Tom Morello (Rage Against the Machine) rindiéndole tributo constantemente.

Sin ir más lejos, en Chile el sello Alerce lanzó en 1988 un disco tributo de punk-rock donde participaron desde La Floripondio y Los Miserables hasta Fermín Muguruza y Pedro Aznar.

Al final, Víctor Jara conquistó tanto a las generaciones de la distorsión como a las del discurso directo. Se convirtió en un eslabón clave para el rock, un artista coherente hasta el final cuyos ideales siguen resonando hoy entre guitarras eléctricas y rimas urgentes.

Como bien decía Alfredo Lewin, cuando Víctor se juntó con Los Blops para grabar "El Derecho a vivir en paz", hizo algo equivalente a lo que aquel 25 de julio de 1965 hizo Bob Dylan al colgarse una guitarra eléctrica en el festival de Newport: cambiar la historia para siempre.